Hacia una teología de las pequeñas cosas

Por Rodolfo Zehnder.- En el país de la desmesura, de las grandilocuencias, de los supuestos destinos de grandeza, no resulta ocioso reparar -en estos tiempos navideños- en la importancia de la reivindicación de las pequeñas cosas, de las que se nutre la jornada diaria, y también la vida.

Ya lo decía el profeta Jeremías (12:5): “Si corriste con los de a pie y te cansaron, ¿cómo contenderás con los caballos? Y si en la tierra de paz no estabas seguro, ¿cómo harás en la espesura del Jordán?”.

Argentina como país cree estar destinada para las grandes cosas: “Argentina potencia”, se decía en una época; “destino de grandeza”, en otra. No vendría mal un poco de humildad. Y cada uno de nosotros tenemos la tentación de creernos imprescindibles, destinados a las grandes epopeyas, a las luchas heroicas que nos conducirían a dicho destino de magnificencia. La vanidad no tiene límites.

Decía el escritor y pensador indio Rabindranath Tagore (“Pájaros perdidos”, n. 78): “A mis amados les dejo las cosas pequeñas; las cosas grandes son para todos”.

Son las pequeñas batallas cotidianas las que preparan el ánimo, la mente y el espíritu para librar las grandes batallas. Siempre que despreciamos la lucha en lo pequeño, estamos en realidad escondiendo una raíz de soberbia.

Se trata de descubrir lo divino que hay en los detalles que encierra cada jornada. Escrivá de Balaguer decía: “Las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas”. El cristiano sabe que la atención por las cosas pequeñas es el camino correcto para aspirar a la santidad, si se atienden por y con amor.

La caridad se afianza en actos simples, cuya importancia tendemos a disminuir, y cuya ausencia nos convierte en seres tristes, desanimados, opacos, sin futuro. Es la sonrisa que no brindaste, la palabra ofensiva que proferiste, el agravio que no perdonaste, el enfermo que no visitaste, el brutal escepticismo rayano en el nihilismo que enmarca los actos de tu vida, lo que habrá de contar al momento final.

La vida cotidiana es el verdadero e inapelable campo de batalla donde puede tener lugar el pesimismo anquilosante, o el heroísmo de perseverar en las cosas pequeñas. La lucha que expongamos en esa batalla es lo que nos permite mejorar como personas, y como nación.

No se trata de hacer grandes cosas, sino simplemente de hacer lo que se debe: un empresario que lanza al mercado bienes cada vez mejores y accesibles; un docente que predica con el ejemplo; un sindicato que acoge y no cae en mezquinos intereses partidistas; un hijo que aprende a valorar lo mucho o poco que le brindaron  sus padres; un padre que se proyecta en sus hijos sirviéndoles de modelo; un político que no busca el bien particular sino el bien común. Entonces sí se aplicaría el precepto bíblico: “Muy bien, servidor bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más” (Mt. 25, 21; Lc. 19, 17). El poeta Antonio Machado escribió: “El hacer las cosas bien/importa más que el hacerlas” (“Proverbios y cantares”).

La concepción judeo-cristiana sostiene que en las cosas pequeñas está la verdadera santificación si las sabemos vivir, y convertir lo ordinario en extraordinario. No es bueno, incluso en lo psicológico, perderse en la ensoñación de un futuro grandísimo.

Santo Tomás decía: “Lo que es divino es tener ideales que no están limitados ni siquiera por lo más grande, sino ideales que están al mismo tiempo contenidos y vividos en las cosas más pequeñas de la vida” (“Summa Teológica”).

Las “cosas pequeñas” se nutren de esos actos virtuosos interiores, que se califican de “pequeños” no por su intensidad (aunque sus efectos pueden ser enormes) sino porque son de poca duración o porque en apariencia -sólo en apariencia- tienen escasa relevancia en el efímero plano humano.

La vida se vuelve desamorada, mediocre, cuando nos dejamos ganar por la rutina, cuando no damos importancia a lo que hacemos cotidianamente. A menudo, lo que parece más trivial -el saludo, la sonrisa, el apretón de manos, el elogio- produce en los demás un efecto insospechado y benéfico.

La pequeñez no conduce al miedo ni a la pusilanimidad, sino a la magnanimidad, grandeza y elevación del ánimo y franca generosidad, porque es lo que nos permite ir más allá de nosotros mismos, en la búsqueda y el encuentro con el otro, el otro que me justifica como tal, porque “para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros… los otros que me dan plena existencia” (Octavio Paz, “Piedra de sol”).

Valga esta reflexión en esta pandemia que nos ha demostrado varias cosas: la vulnerabilidad del hombre; la pequeñez del mundo; la nostalgia por las pequeñas cosas perdidas (el abrazo, la reunión); el heroísmo presente en tantas personas anónimas; la captación de lo esencial; la sensación de que el Creador no abandona a sus creaturas. Valga también para esta Argentina desgarrada en estériles luchas intestinas, donde el prójimo parece lejano.

Y vale especialmente para este tiempo navideño, donde la pequeñez del recién nacido y la humildad del establo -símbolos y paradigmas- nos advierten de la futilidad de las riquezas materiales, de la grandilocuencia, de las ambiciones desmedidas.

En este siglo de mediocridades y mezquindades, de incertidumbres y relaciones “líquidas”, fugaces, descomprometidas, necesitamos espíritus fuertes, alimentar nuestras esperanzas, no sentirnos frustrados por el peso del desaliento. Gente que haga historia con sus actos minúsculos, que no ocupe los primeros asientos en los templos, que haga del anonimato y el perfil bajo un culto. Que se haga pequeña, como el que nació en Belén hace más de 2000 años.

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