Francisco: la revolución pacífica de un argentino

Por Joaquín Morales Solá.- Roma vive una revolución más importante que la que se percibe desde la Argentina. El protagonista principal de esa revolución pacífica y amable es un argentino, el papa Francisco. Cómplice involuntario de los periodistas, porque los ayuda con una espectacular noticia casi todos los días, su principal conquista en seis meses de pontificado ha sido un radical cambio del debate dentro y fuera de la Iglesia. Cuando él llegó, en marzo pasado, las novedades del Vaticano se referían a las peleas por el poder, los robos de documentos, los casos de pedofilia y las denuncias de corrupción. El Papa nuevo logró, con frases cortas y directas, y con actos módicos y simbólicos, abrir el diálogo sobre el destino de la Iglesia, sobre cómo debe ser en un mundo inconstante y sobre qué debe hacer y decir frente a los ineludibles cambios sociales.

Tal vez su pontificado sea sólo comparable con los primeros años de Juan Pablo II. Éste provocó multitudinarias movilizaciones sociales y estableció un discurso crítico con las insensibles desviaciones del sistema capitalista, que el papa Francisco ha retomado. La diferencia fundamental entre Juan Pablo II y Francisco consiste en la necesaria evolución interna de la Iglesia. El Papa polaco era un conservador en el manejo interno de la Iglesia, mientras que el pontífice argentino es un aperturista. Francisco aludió precisamente a esa distinción entre “conservadores” y “aperturistas” cuando dijo que nunca fue un hombre de derecha. No se refirió, desde ya, a categorías ideológicas o partidarias, porque él es también un jefe de Estado que debe cumplir con un papel neutral entre los líderes del mundo.

Su principal mensaje a la Iglesia es que ésta debe hacer un esfuerzo de comprensión del mundo tal como es. No significa un cambio abismal de la doctrina, sino una manera distinta de abordar los conflictos. “Nuestra Iglesia tiene el mensaje de la salvación y el perdón. ¿Por qué cerrar las puertas y expulsar a muchos creyentes?”, ha dicho. Una cosa es, por ejemplo, una Iglesia piadosa con las mujeres que sufrieron un aborto y otra cosa es suscribir las posiciones abortistas. El papa Francisco nunca hará esto. Lo ha repetido para que no se lo malinterprete: “En cada niño que no nació está la cara de Dios”, dijo en una clara objeción al aborto. En sus últimos tiempos como arzobispo de Buenos Aires, el entonces cardenal Bergoglio estaba preocupado por posibles decisiones argentinas para legalizar el aborto que podían surgir de la política o de la Justicia.

Es probable, en cambio, que promueva un cambio sobre el tratamiento religioso a los divorciados, que ahora están excluidos de los principales ritos del catolicismo. También el Papa cree que la Iglesia debe ser menos severa con los homosexuales. “Primero hay que abrir la Iglesia, curar las heridas de la sociedad y, después, tratar de seducir con la doctrina”, ha explicado. Una Iglesia de multitudes, no una en retirada. Ése es su principal propósito. La Iglesia Católica que recibió tiene un enorme problema con la caída vertical de las vocaciones sacerdotales. Muchos creyentes se apartaron también de ella cansados de tantos “no” y por su escasa predisposición a la inclusión.

La Iglesia tiene, en fin, un mensaje más alegre y esperanzador que la permanente sanción, parece decir. “El confesionario no debe ser una sala de torturas”, les repite a los curas en el Vaticano. Su giro pretende sacar a la Iglesia de una interminable discusión sobre los detalles de la doctrina para hacerla más abierta y dialogadora, alejada de los fanatismos. El papa Francisco detesta el fanatismo en cualquiera de sus expresiones, religiosa, política o social. El fanatismo, ha explicado, es un obstáculo infranqueable para el diálogo, que impide las concesiones y los consecuentes acuerdos. Su vocación dialoguista, que ya se había visto en Buenos Aires, la trasladó íntegra al Vaticano. “Sólo el diálogo garantiza la paz”, suele subrayar. Retomó, así, la doctrina pacifista de Juan Pablo II, que jugó su propio prestigio internacional, en 1978, para detener una guerra entre la Argentina y Chile. Francisco se puso a la cabeza, hace pocos días, de una movilización internacional para impedir otra guerra en Siria, que felizmente no sucedió. La diplomacia le ganó a la guerra. Es la solución que el Papa predicó tenazmente.

El orden conservador del Vaticano le saldrá al paso, tarde o temprano. Pero un dialoguista como él no se encerrará nunca en sus propias y personales verdades. De hecho, ningún cambio fundamental en la Iglesia será decidido sólo por él, a pesar de que se lo permiten sus atribuciones, propias de un monarca absoluto. Las mutaciones serán siempre el resultado de consistorios de cardenales y de sínodos de obispos. Francisco sabe que en el interior profundo de la Iglesia se agitan sus mismas preocupaciones por las necesidades de cambios. Por una reconquista de la iniciativa católica que deje atrás la actitud defensiva de los últimos años.

Sólo usará su voluntad para enfrentar al delito, sobre todo a la corrupción y a la pedofilia. No acepta dos opiniones sobre esas cuestiones. Tiene un puño de hierro para combatir esos crímenes y para desmantelar de ostentaciones a la Iglesia. Ya es notable en Roma la ausencia de lujosas limusinas trasladando a engalanados cardenales y obispos. Sólo pueden verse en las calles romanas a curas vestidos con trajes negros y la cinta blanca en el cuello, la mayoría a pie. “Roma no puede ser el nido protector de nuestra mediocridad”, advierte el Papa.

Hablará también con los conservadores. ¿Acaso no todos los líderes de la Iglesia tienen el mismo objetivo de hacer una Iglesia más grande? Ya lo demostró en la Argentina: Bergoglio se hizo cargo de una Iglesia conservadora, la fue llevando hacia posiciones más centristas e incluyentes y aisló a los ultraconservadores en una minoría insignificante.

Detrás de la apariencia de un párroco bueno, existe también un hombre de poder y de política. El papa Bergoglio conoce a casi todos los cardenales del mundo. Estuvo entre ellos durante 15 años y tiene buen diálogo tanto con conservadores como con aperturistas. Su revolución será consensual, aunque un sector de la curia vaticana (la que está perdiendo privilegios y debe cambiar los hábitos de una larga vida) lo enfrentará con intrigas y conspiraciones. El Papa las espera, sin denunciarlas ni estigmatizarlas. Es el lugar y el contexto que le tocó.

Francisco es el papa de la palabra. No guarda nada. No hay silencios para él. En eso el papa Bergoglio es muy distinto del cardenal Bergoglio, que prefería hablar sólo desde el altar. ¿Por qué lo hace? Tal vez hayan influido dos razones. Una es su aparente necesidad de cortar los puentes de su propia retirada. No quiere volver atrás, ni aún en el caso de que triunfara alguna de aquellas probables conspiraciones. La otra es la construcción cotidiana de un legado. Su edad, 76 años, le impide pensar en un pontificado medido en décadas, pero los cambios que se ha propuesto no deberían agotarse con él. Sus palabras, constantes, francas y simples, harán más difícil (o imposible) una regresión. Después de todo, es el primer papa en mucho tiempo que se apartó de los intereses de la curia vaticana para buscar la simpatía de la gente común. Y la encontró. Ésa es la primera victoria de una revolución tan pacífica como tenaz.

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 4 de octubre de 2013.

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