El segundo equívoco de las Lucayas

Por Adán Costa.- Cristóbal Colón exhaló el último de los suspiros de su vida pensando que habiendo había llegado al Cipango, a las Indias Orientales y que el palacio del Gran Kan de Catay estaba en algún lugar de la actual Centroamérica. Había pretendido encontrar navegando hacia su oeste el camino que Marco Polo había conocido rumbeando hacia su este. Sin saberlo, el 12 de octubre de 1492, llegó a Abya Yala, a una isla que llamada Guanahani en el archipiélago de las Lucayas que hoy conocemos con el nombre de las Bahamas, al norte de las islas que hoy alojan a los países de Cuba, Haití y Santo Domingo. Esa Abya Yala es nuestro continente indígena al que los europeos haciendo uso del predominio su hegemonía cultural, política y económica, desconociendo este dulce nombre originario, la volvieron irrespetuosamente a nombrar más tarde como las “Tierras de Américo”, en honor a quien puso fin al primer equívoco de las Lucayas. Aquel navegante florentino Américo Vespucio advirtió que nuestras tierras no eran el Japón o la China o la India, sino una nueva tierra. América es el nombre con el cual hoy todos nos reconocemos casi como naturalizado, sin que nadie lo contradiga o se detenga mucho a pensarlo, es un nombre culturalmente aceptado, socialmente legitimado, pero que niega la preexistencia de una cultura, la que a se ocultó a los ojos del presuntuoso y presuroso Occidente, quien se reservó las facultades de “dar los nombres”; de tomar las tierras a las que consideraba “res nullius”, es decir, tierras de nadie, por lo tanto objeto de apropiación a aquel que las explore y posea; de definir la lengua con la cual nos comunicamos y de escribir la Historia conforme a su visión. Colón murió en 1506 de un ataque al corazón causado por una artritis reactiva. Según sus diarios personales y las notas de sus contemporáneos, los síntomas de esta enfermedad (quemazón al orinar, dolor e hinchazón de las rodillas, y conjuntivitis en los ojos) eran claramente visibles en sus últimos tres años de vida, los que tristemente se la pasó pleiteando contra los reyes discutiendo los resultados de sus últimas exploraciones y tratando de negociar sobre sus privilegios. Si bien Colón ya poseía mucho oro al momento de su muerte, la corona española le recortó muchos de estos privilegios para evitar que se crease en las Indias un poder territorial incluso mayor que de la península. Este recorte e intervención real provocaron los llamados “pleitos colombinos” que inició Cristóbal y continuaron sus hijos y nietos. Por esta razón don Cristóbal murió ciego en la locura, aturdido por la ambición hasta incluso se le alcanzó a escuchar que se autoproclamaba convencido como el apóstol trece de Jesús de Nazaret. El problema no es sólo que Cristóbal Colón no haya podido salir jamás de su propio equívoco y que haya muerto loco o enfermo de ambición. El problema es que nuestra cultura vive en el equívoco de creer que somos lo que no somos verdaderamente. No somos europeos viviendo en América. Hasta no hace mucho evocábamos el “Día de la Raza” en todas las escuelas primarias de la Argentina. Raza. Nada tan cruel. Como si existieran especies superiores e inferiores de seres humanos conforme al lugar donde nacen o como fuera el color de su piel. Hoy se habla del “Día del Respeto de la Diversidad Cultural”. Es un claro avance respecto de “Raza”, en una dirección políticamente adecuada. Pero insuficiente. Porque se pierde el rastro de los procesos de reafirmación y de resistencia cultural, de la sangre derramada en nombre de la modernidad occidental. Respeto es una buena palabra, si se cumple en su sentido. Muchas veces el respeto se confunde con tolerancia. Y la tolerancia por lo general la otorga quien tiene un lugar privilegiado y que debe tolerar a otros que no tienen lo que estos piensan que es su suerte. Lo cual es tremendo. Se está reconociendo de esta manera que en la Argentina existen más de una cultura, no hay ni una uniformidad ni un crisol donde todo juntado o yuxtapuesto se logra un pastiche unívoco; o lo que es peor, de una cultura blanca, superior, europea. Pocos saben que el Censo Nacional de Vivienda y Población en 2010 arrojó que en nuestro país habitan por lo menos 32 pueblos originarios: mapuches, qom, moqoit, wichis, guaraníes, pilagás, diaguitas, lules, entre otros, casi un millón de personas de los cuarenta y tanto millones, se reconocen como miembro de una de las casi mil seiscientas comunidades originarias que se extienden en todo el territorio argentino. Por lo tanto existen matices, colores, olores, sabores, formas diversas, lenguas, como regiones y lugares tiene nuestro país. Eso es diversidad, y eso es la riqueza invaluable de nuestro país. La noción de reafirmación de derechos de preexistencia cultural es superadora desde el punto de vista ético político, de la idea de respeto por la diversidad cultural, y, naturalmente, a la aberrante idea de “raza” con que las elites dominantes intoxicaron toda nuestra educación desde sus grados iniciales, que es donde se fijan estas visiones. El día que seamos conscientes, culturalmente, de que el 56% de la sangre de los argentinos viene de nuestros ancestros originarios, vamos a estar evocando cada doce de octubre una sociedad distinta, donde el valor de lo colectivo prime sobre el valor de lo individual, la competitividad y la meritocracia. Sólo allí, se cerrará el segundo de los equívocos de las Lucayas. El primero lo enterró Vespucio. El segundo lo saldará la sociedad, en la rica evolución de los conceptos, que parten desde el reconocimiento de toda la resistencia en términos culturales y de sangre que generaciones han dado buscando el sostenimiento de una cultura negada, soslayada, discriminada en sus derechos y en sus valores.

12/10/16 El autor es abogado y docente de la ciudad de Santa Fe.

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