El paso de la muerte a la vida…

Se trata del editorial del programa “Sábado 100” por radio El Espectador (FM 100,1) de Rafaela.

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Por Emilio Grande (h.).- Los cristianos en sus distintas versiones celebramos la Pascua, en la que el hijo de Dios después de haber vivido la pasión y muerte (jueves y viernes santos) fue resucitado en el tercer día, tal como estaba anunciado en las escrituras, para la salvación de las personas de todos los tiempos.

En la catequesis del papa Francisco de la audiencia general de miércoles 13 de abril último, en la víspera de los días que recuerdan la pasión, muerte y resurrección de Cristo, la cumbre de nuestra vida cristiana expresó: “La paz del Señor sigue el camino de la mansedumbre y de la cruz: es hacerse cargo de los otros. Cristo, de hecho, ha tomado sobre sí nuestro mal, nuestro pecado y nuestra muerte. Ha tomado consigo todo esto. Así nos ha liberado. Él ha pagado por nosotros”.

Frente a una sociedad que pareciera dar la espalda a Dios y vive este fin de semana largo casi sin cuestionarse sobre el sentido más profundo de la Semana Santa, Jesús nos ayuda a comprender el triduo pascual: pasión, muerte y resurrección.

Atrás quedaron los cuarenta días que marcaron el tiempo de Cuaresma, justamente de preparación y revisión de nuestras vidas para buscar un cambio interior sobre aquellas prácticas oscuras y en tinieblas.

Se dice con razón que la Semana Santa es la semana mayor de la cristiandad, donde el misterio del amor por la humanidad se hizo palpable, llevando Jesús a la cruz nuestras debilidades y pobrezas humanas y materiales, no solamente de hace más de dos mil años sino que es la representación diaria de nuestras locuras e incoherencias actuales. Jesús sigue siendo crucificado frente a tantos pecados mundanos, que afectan a millones de personas: la invasión de Rusia a Ucrania, un grupo de países ricos frente a la mayoría de sus pares más empobrecidos, el materialismo egoísta para tener poder y riquezas a cualquier precio frente a los más vulnerables que son descartados en distintos ambientes sociales, entre otros.

En la oscuridad que envuelve a la creación, la Virgen María se queda sola para mantener la llama de la fe frente a la cruz del Viernes Santo, pero es al mismo tiempo la esperanza en la resurrección de Jesús.

Esta noche abramos nuestros corazones como las mujeres que fueron al sepulcro y quedaron sorprendidas ante la presencia de dos hombres con vestiduras deslumbrantes: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: ´Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día´” (Lc. 24, 4-7).

Humanamente, es difícil comprender que alguien vuelva a la vida… el misterio de la fe muestra que el Hijo de Dios está vivo, ha resucitado realmente, para ser anunciado porque el pecado y la muerte no tienen la última palabra.

Así, la Pascua es el paso de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz. En medio de las búsquedas, Jesús se nos revela resucitando por nosotros para llevar vida donde había muerte, para comenzar una nueva historia que había sido clausurada. A pesar de tantos signos de la cultura de la muerte en la sociedad actual, entre ellas el aborto legal en la Argentina y en otros lugares del planeta, debemos seguir apostando por la vida desde la concepción hasta la muerte natural.

Una vez más es un desafío ser cristianos con la esperanza en la vida eterna más allá de lo temporal y no ser cristianos por tradición, testimoniando la misericordia y una vida coherente al evangelio.

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