El inefable “Mordisquito”

Por Adán Costa.- Enrique Santos Discépolo, afamado y en boca de muchos por su tango “Cambalache” de 1931, ese que depositó a la Biblia junto al Calefón, fue tenazmente silenciado en un aspecto poco difundido. Apoyó a la campaña de Juan Perón para las elecciones del 11 de noviembre de 1951, desde su programa radial: “¿A mí me la vas a contar? Feroz retrato de “Mordisquito”. En ese tiempo la radio era lo que hoy, en la sociedad de la información, lo son la internet, las redes sociales y los medios digitales. Fue aquél un personaje de ficción que compendiaba a toda una clase social banal y acomodada en los privilegios, regida por las apariencias, la individualidad y el lugar común, a la cual Discépolo le hablaba en retórica dialéctica y clave irónica.

La creatividad y el talento de Discepolín, no hacía otra cosa que expresar la disputa cultural, social y política de las clases populares emergentes sobre los sectores más conservadores y reaccionarios de la Argentina, tras la aparición del peronismo a mediados de la década de los cuarentas. Esa disputa cultural es semejante a la puja que vive la Argentina de 2015, la que simplemente podría condensarse en las antinomias “contreras y cipayos”, “peronistas” y “gorilas”, “kirchneristas” y “antikirchneristas”, pero que, es esencialmente más compleja, debido a su naturaleza cultural y los valores que se evidencian en los sótanos y en las superficies.

El clima de época que le ha planteado el “kirchnerismo” a la sociedad, aún con sus contradicciones de matices y errores de táctica, pero con una una marcada orientación hacia lo popular, ha reconfigurado nuevos actores y sujetos sociales o políticos, nuevas prácticas sociales, al tiempo que ha sembrado en su alrededor muchos odios y recelos.

Estas desconfianzas en la mayoría de los casos no se saben bien de donde vienen. Lo que de por sí dificultan la comprensión de cualquier fenómeno. No obstante, recurrentemente, la falta de transparencia pública aparece como la vedette de estos argumentos. Hay una marcada tradición en la Argentina que los vocingleros de la corrupción, por lo general jamás hablan de política ni las disputas de los sentidos profundos de la politica, ni de los intereses que necesariamente tienen que ser modificados para aspirar a una comunidad de iguales. Hay que aclarar, también, que la corrupción pública y privada debe ser desterrada de nuestras sociedades, pero nunca, como una excluyente vía de cuestionamiento a una política pública.

Lejos de erigirnos sobre el talento inigualable de Discepolín para evocar una tradición conectada, pero si identificados en el sentido de sus mejores posiciones políticas y culturales, recordamos su penetrante y lúcida voz.

“Resulta que antes no te importaba nada y ahora te importa todo. Sobre todo lo chiquito. Pasaste de náufrago a financista sin bajarte del bote. Vos, sí, vos, que ya estabas acostumbrado a saber que tu patria era la factoría de alguien y te encontraste con que te hacían el regalo de una patria nueva, y entonces, en vez de dar las gracias por el sobretodo de vicuña, dijiste que había una pelusa en la manga y que vos no lo querías derecho sino cruzado. ¡Pero con el sobretodo te quedaste! Entonces, ¿qué me vas a contar a mí? ¿A quién le llevás la contra? Antes no te importaba nada y ahora te importa todo. Y protestás.¿Y por qué protestás? ¡Ah, no hay té de Ceilán!. Eso es tremendo. Mirá qué problema. Leche hay, leche sobra; tus hijos, que alguna vez miraban la nata por turno, ahora pueden irse a la escuela con la vaca puesta.¡Pero no hay té de Ceilán! Y, según vos, no se puede vivir sin té de Ceilán. Te pasaste la vida tomando mate cocido, pero ahora me planteás un problema de Estado porque no hay té de Ceilán. Claro, ahora la flota es tuya, ahora los teléfonos son tuyos, ahora los ferrocarriles son tuyos, ahora el gas es tuyo, pero…, ¡no hay té de Ceilán! Para entrar en un movimiento de recuperación como este al que estamos asistiendo, han tenido que cambiar de sitio muchas cosas y muchas ideas; algunas, monumentales; otras, llenas de amor o de ingenio; ¡todas asombrosas! El país empezó a caminar de otra manera, sin que lo metieran en el andador o lo llevasen atado de una cuerda; el país se estructuró durante la marcha misma; ¡el país remueve sus cimientos y rehace su historia! Pero, claro, vos estás preocupado, y yo lo comprendo: porque no hay té de Ceilán. ¡Ah… ni queso!.¡No hay queso! ¡Mirá qué problema! ¿Me vas a decir a mí que no es un problema? Antes no había nada de nada, ni dinero, ni indemnización, ni amparo a la vejez, y vos no decías ni medio; vos no protestabas nunca, voste conformabas con una vida de araña. Ahora ganás bien; ahora están protegidos vos y tus hijos y tus padres. Sí; pero tenés razón: ¡no hay queso! Hay miles de escuelas nuevas, hogares de tránsito, millones y millones para comprar la sonrisa de los pobres; sí, pero, claro, ¡no hay queso! Tenés el aeropuerto, pero no tenés queso. Sería un problema para que se preocupase la vaca y no vos, pero te preocupás vos. Mirá, la tuya es la preocupación del resentido que no puede perdonarle la patriada a los salvadores. Para alcanzar lo que se está alcanzando hubo que resistir y que vencer las más crueles penitencias del extranjero y los más ingratos sabotajes a este momento de lucha y de felicidad. Porque vos estás ganando una guerra. Y la estás ganando mientras vas al cine, comés cuatro veces al día y sentís el ruido alegre y rendidor que hace el metabolismo de todos los tuyos. Porque es la primera vez que la guerra la hacen cincuenta personas mientras dieciséis millones duermen tranquilas porque tienen trabajo y encuentran respeto”.

Cambiése la expresión “Té de Ceilán” por el significante vacío “Si a la República”; o por el clamor libertario “No al cepo al dólar”; o por el más sofisticado y no menos porteño “Je suis Nisman” y la interpretación propia que hagamos decantará por aclamación en la comprensión del sentido que nos orillará a los confines de la batalla. “Tenés el aeropuerto, pero no tenés queso. Sería un problema para que se preocupase la vaca y no vos”. Pero vos sólo te preocupás por vos.

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