El bombardeo de junio de 1955 y sus protagonistas

Para los católicos opositores del gobierno de Perón esas quemas fueron, y siguen siendo, mucho más relevantes que la matanza precedente de la que poco se habla y estudia entre nosotros los católicos. Aquí cabe un revisionismo.

Por Juan Carlos Espeche Gil (Buenos Aires)

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Por Juan Carlos Espeche Gil.- A más de medio siglo de ocurrido el bombardeo sobre la Plaza de Mayo, todavía resuenan los estruendos de las bombas y los disparos de las baterías antiaéreas.Las pasiones y los odios deberían –ya es hora– desaparecer para que la ciudadanía pudiera contar con un informe oficial de los bombardeos sobre la Plaza de Mayo en 1955, algo que no hizo el Gobierno poco después derrocado, que habría optado por no “tirar más leña al fuego”: aplicó en general levísimas sanciones a los implicados y renunció a las condenas a la pena de muerte, según el Código de Justicia Militar. Y el nuevo gobierno de la llamada Revolución Libertadora tampoco desarrolló ninguna investigación. Desde los aviones fueron lanzadas más de cien bombas con el fin de matar al Presidente y a sus ministros. Ante la ausencia de Juan Domingo Perón, constituyeron desde sus inicios un escarmiento destinado a castigar y quebrar la adhesión popular al gobierno. Sólo doce de las más de 300 víctimas mortales y miles de heridos se encontraban dentro de la Casa de Gobierno. La primera incursión fue a las 12.30. El propósito de la conjura era instaurar un triunvirato civil integrado por Miguel Ángel Zavala Ortiz (UCR), Américo Ghioldi (Partido Socialista) y Adolfo Vicchi (Partido Conservador). La CGT no recibió ataques directos porque un suboficial de la Armada se negó a transmitir la orden.

Antecedentes El bombardeo de 1955 tuvo como antecedente los estallidos de tres artefactos explosivos terroristas en 1953 durante una concentración organizada por la CGT en un andén del subte de Plaza de Mayo: murieron cinco personas y más de un centenar resultaron heridas. Además, otra bomba que no llegó a explotar fue hallada en la terraza del Nuevo Banco Italiano. El juez a cargo de la causa era el doctor Rivas Argüello, quien fuera raptado por un comando en su exilio en Montevideo a la caída del gobierno de Perón. Esas primeras bombas en la Plaza de Mayo implicaron una grave advertencia: quienes buscaban derrocar a Perón estaban dispuestos a verter toda la sangre que fuese necesaria. El ensayo macabro del 16 de junio y del golpe de Estado triunfante hicieron escribir al primer canciller de la Revolución Libertadora, Mario Amadeo: “No olvidemos el hecho de que la Revolución de septiembre de 1955 no fue solamente un movimiento en que un partido derrotó a su rival o en que una fracción de las Fuerzas Armadas venció a la contraria, sino que fue una revolución en que una clase social impuso su criterio sobre otra”. También hubo un intento anterior de golpe de Estado en septiembre de 1951, del que participó Orlando Ramón Agosti, futuro miembro de la Junta Militar de 1976. Existen varios ejemplos del continuismo golpista: los tres ayudantes del contralmirante Oliveri eran los capitanes de fragata Emilio Eduardo Massera, Horacio Mayorga y Oscar Montes. Todos ellos, a pedido de Olivieri, fueron eximidos de ser juzgados por el benevolente Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Massera fue miembro de la Junta Militar en 1976, Mayorga estuvo involucrado en la llamada masacre de Trelew y Oscar Montes fue canciller del Proceso. Suárez Mason participó en el golpe de 1951, y sería el poderoso comandante del Primer Cuerpo de Ejército durante la última dictadura; luego vaciaría YPF. Entre los pilotos y tripulantes de aviones que huyeron, Máximo Rivero Nelly sería acusado de delitos de lesa humanidad cometidos como jefe de la base Almirante Zar; Horacio Estrada fue jefe del grupo de tareas de la ESMA; y Eduardo Invierno fue Jefe del Servicio de Inteligencia Naval (SIN), involucrado en el asesinato del empresario Fernando Branca; y Carlos Fraguio tuvo clara responsabilidad sobre los centros clandestinos de detención de la ESMA. El capitán Jorge Mones Ruiz fue delegado de la SIDE en La Rioja, periodo coincidente con el asesinado del obispo Enrique Angelelli, y Osvaldo Cacciatore fue intendente de la Ciudad de Buenos Aires. En tren de justificar su acción de arrojar 800 litros de combustible de un tanque auxiliar, al admitir que nadie había dado la orden, el piloto Guillermo Palacio dijo: “Fue una demostración del odio, de la reacción desatada por las medidas que agobian al país”. Cuando Perón y sus acompañantes bajaban hacia el sótano del Ministerio de Ejército vieron pasar camiones cargados de gente que gritaba y hacía toda clase de desmanes. El Presidente, nervioso y molesto, preguntó: “¿Quién trajo esta gente aquí? ¡Por favor, que se vayan todos a sus casas!”. Es posible que los pilotos no supieran que Perón se había ido, pero los que participaron de los ataques posteriores eran conscientes de que las bombas harían blanco sobre la población civil. La CGT había convocado a sus afiliados a acudir a la Plaza de Mayo pero Perón encargó a su edecán y sobrino político, el mayor Ignacio Cialceta, que concurriera a la Central Obrera a disuadir a los trabajadores. “Ni un solo obrero debe ir a la Plaza”, le dijo. Y refiriéndose a los aviadores, agregó: “Estos asesinos no vacilarán en tirar contra ellos. Esta es una cosa de soldados. Yo no quiero sobrevivir sobre una montaña de cadáveres de trabajadores”. La fuente es Pedro Santos Martínez, un historiador insospechado de simpatías peronistas. Rolando Hnatiuk recordó contradictoriamente: “Pasada la media tarde se hizo presente el mayor e informó que los bombardeos habían cesado y que podíamos ir a Plaza de Mayo”. Dijo que unas 200 personas se encolumnaron, vivando a Perón. La plaza estaba llena, colmada. Y fue entonces que un avión solitario, en su “última pasada dejó caer unas bombas y ametralló a la gente reunida”. Acudieron civiles en gran cantidad al área de los bombardeos y combates terrestres, armados de palos y unos pocos con armas de puño y alguna escopeta. Varias armerías fueron saqueadas, pero no había suficiente munición. La inmensa mayoría no estaba armada. Después de la rendición del Ministerio de Marina y mientras Perón estaba hablando por radio a la población, pidiéndole calma y que no sucumbiera a la tentación de venganza, alrededor de las 17.40 se produjo el último ataque. Manuel V. Ordoñez, jefe del ala más antiperonista de la Democracia Cristiana, vio cómo caían bombas, una de ellas en un balcón donde estaban cinco personas. “Nunca más se supo de ellas –dijo–. Estábamos en el balcón de la Sudamericana. ¡Alabado sea Dios! Cuando nos levantamos caía otra bomba sobre la Curia. ¡Fue terrible!”. Se produjeron ataques a las iglesias céntricas a poco de caer la noche, y pareció que los bomberos dejaron a las llamas actuar libremente. Eduardo Lonardi, mientras veía salir el humo del vecino templo de San Nicolás, entendió que el incendio de las iglesias era lo único que haría que los indecisos se plegaran a la revolución, y se alegró. Perón hablaba por cadena nacional instando a poner la otra mejilla: “No podemos tomar medidas que sean aconsejadas por la pasión. No quiero que muera un hombre más del pueblo. Les pido que refrenen su ira. Que se muerdan como me muerdo yo… No cometan ningún desmán”. Los confinados en Montevideo recibieron con sumo beneplácito que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas hubiera decidido concederles la baja, a modo de sanción administrativa por su simple condición de prófugos. El Gobierno uruguayo les proporcionó status de “internados”, asilo político encubierto. También les dio una suma semanal de dinero, un traje confeccionado en una elegante sastrería de 18 de Julio, un Perramus y hasta un cepillo de dientes. El capitán Noriega agradeció la hospitalidad del Gobierno anfitrión y el primer mandatario retribuyó su gesto con las siguientes palabras: “Vea, no se imagina cómo he rezado para que salga bien el plan de ustedes y pudieran matar al atorrante ese (por Perón)”. La Voz de la Libertad decía: ”El tirano, desde su guarida, ordenó la concentración del pueblo indefenso a la Plaza de Mayo, sabiendo que iba a bombardearse si no se rendía”. La propaganda del nuevo gobierno proclamaba “¡Ciudadano! ¡Sepa quién es el verdadero culpable de la masacre del 16 de junio! La Marina de Guerra nunca ha matado a nadie. ¡El asesino es el propio Presidente!”. El teniente Menotti Spinelli distinguió a un grupo de hombres con una bandera y algunas armas gritando: “¡La vida por Perón!”. Decidió darles el gusto e inició el fuego con una ráfaga de su ametralladora contra esa columna. Escribió el historiador Isidoro Ruiz Moreno, un acérrimo antiperonista: “Varias iglesias del centro habían sido incendiadas en una o varias acciones coordinadas que nunca fueron suficientemente investigadas ni por el gobierno de Perón ni por la Revolución Libertadora”. Para los católicos opositores del gobierno de Perón esas quemas fueron, y siguen siendo, mucho más relevantes que la matanza precedente de la que poco se habla y estudia entre nosotros los católicos. Aquí cabe un revisionismo.

Las citas y las fuentes que dan crédito a lo expuesto corresponden al libro Bombardeo del 16 de junio de 1995, editado en 2010 por Investigación Histórica del Archivo de la Memoria.

Fuente: revista Criterio, Nº 2382 junio 2012.

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