Educación: la evaluación final

Debe desdramatizarse el tema, pues un examen no es más que eso, dependiendo exclusivamente del empeño del examinado.

Por Hugo A. Degiovanni

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Llega el momento de los exámenes finales y se produce un cúmulo de ansiedades, no sólo en el alumno sino también en el grupo familiar. Estimamos que esta situación es normal, pues se presenta la posibilidad de coronar con éxito el estudio realizado durante el año (o semestre) o por el contrario “fracasar en el intento”. Aún así invitamos a desdramatizar “el tema” pues un examen no en más ni menos que eso y el superar esta etapa no depende exclusivamente del empeño que ponga el examinado. Debemos tener presente que además de lo que aporta el evaluado en cuanto a su estudio operan una diversidad de causas que van a influir en la decisión final: la suerte en el tema propuesto o elegido, la forma de interrogar, el estado anímico del evaluador y el evaluado, el estado físico, etc. Resultan inevitables eliminar estas circunstancias totalmente aunque desde la no se debe cesar en el intento. La experiencia que obtuvimos también en otros países nos llevan a afirmar que esta problemática no es exclusiva de nuestro sistema educativo. De todas maneras el docente debe sentirse obligado a minimizar al máximo todos aquellos elementos que impidan al alumno demostrar sus conocimientos, entre esos el poder dialogar en el caso de exámenes orales (no exponer) con tranquilidad. En relación a lo dicho, casi tres décadas, de actividad docente, nos han demostrado que la evaluación debe ser entendida como un proceso y no como un momento final, único, en donde en media hora se decide la suerte del trabajo de todo el año. Considerada así, debe cumplir las siguientes funciones: A-) Diagnóstico: para que nos permita conocer cuáles son las ideas de los alumnos, los errores en los que tropiezan, las principales dificultades con las que se encuentran, los logros más importantes alcanzados. B-) Diálogo: Para que nos facilite una plataforma de debate sobre lo que se enseña y sobre la enseñanza. C-) Comprensión: para que la evaluación se convierta en un fenómeno que facilite la comprensión de lo que sucede en el proceso de enseñanza aprendizaje. D-) Retroalimentación: para que facilite la reorientación del proceso de enseñanza y aprendizaje, no sólo en lo que se refiere al trabajo de los alumnos, sino a la planificación, a la modificación del contexto y a la manera de trabajar los profesionales y E-) Aprendizaje: para que permita ver el profesor si es adecuada la metodología, si los contenidos son pertinentes, si el aprendizaje que se ha producido es significativo y relevante. No interpretarla de esta manera nos lleva indefectiblemente a cometer como docentes estos errores: 1-) No realizar un diagnóstico correcto y seguro porque se potencializa el factor suerte, sobre todo en cátedras en donde todavía se utiliza el anacrónico sistema de “bolillero”. 2-) El diálogo está ausente, limitando la labor del alumno a “recitar” lo que aprendió en clases. De esa manera el docente se olvida que el examen forma parte de un proceso dialéctico. 3-) Se sobrevalúa a la memoria por sobre la capacidad de comprensión. Tiene más probabilidades de “sortear” esta instancia el que más recuerda, no el que más razona. 4-) Concebida de esa manera se manifiesta divorciada del trabajo aúlico y hasta de las evaluaciones parciales, valorándose exclusivamente los contenidos conceptuales. Concluimos diciendo, que la evaluación debe recobrar su valor pedagógico para convertirse en un instrumento que nos permita saber no sólo qué pasó con el alumno sino también qué pasa con la cátedra. Una cátedra que en exámenes finales o parciales tiene más del cincuenta por ciento de reprobados, debe examinarse qué pasa con la enseñanza. Deja de ser un problema del alumno para convertirse en un serio problema de los docentes y de la institución de la que dependen. Ameritará realizar una urgente autoevalución de no sólo cómo se examina, sino sobre todo cómo se transmitieron los contenidos durante el año académico. La evaluación de cara al alumno, debe facilitarle obtener una información que le ayude a progresar hacia el autoaprendizaje, ofreciéndole datos del estado en que se encuentra y de las razones del mismo, que sirva de guía, de autodirección, que en última instancia es la meta de toda educación.

El auotr es abogado, licenciado en Gestión de Instituciones Educativas, especialista en la Enseñanza Educación Superior, fiscal en los tribunales de Rafaela.

Fuente: diario La Opinión, Rafaela, 3 de diciembre de 2007.

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