Debates para el diálogo: el celibato sacerdotal

La conexión íntima entre el celibato y el ministerio sacerdotal se cristalizó en la conciencia de la Iglesia desde muy temprano. Hoy es lo primero que salta a la vista para la cultura, la opinión pública y la investigación científica.

Por Arturo Prins y Gustavo Irrazábal (Buenos Aires)

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Debates para el diálogo: el celibato sacerdotal

por Prins, Arturo – Irrazábal, Gustavo – varios autores

La conexión íntima entre el celibato y el ministerio sacerdotal se cristalizó en la conciencia de la Iglesia desde muy temprano. Hoy es lo primero que salta a la vista para la cultura, la opinión pública y la investigación científica.

A comienzos de año el diario alemán Süddeutsche Zeitung se hizo eco de un documento –hasta entonces inédito– publicado por la revista Pipeline, órgano de difusión del Círculo de Acción de Ratisbona (AKR), grupo de católicos críticos. Se trata del Memorando para la Discusión sobre el Celibato (1970), que nueve teólogos –Joseph Ratzinger entre ellos– dirigieron a los obispos alemanes, solicitándoles que propiciaran ante Pablo VI una revisión de la ley de celibato, que éste había confirmado en su encíclica Sacerdotalis caelibatus (1967). Ratzinger –hoy papa Benedicto XVI– tenía entonces 42 años y era profesor de teología. Entre los firmantes figuran Karl Rahner, Karl Lehmann (luego cardenal y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana) y Walter Kasper (hoy cardenal de la Curia romana). Los teólogos lamentan la ausencia de un “verdadero debate” sobre la cuestión que consideran necesario. En nuestra web publicamos la traducción de la versión original alemana del Memorando junto a la encíclica de Pablo VI (www.revistacriterio.com.ar). A continuación transcribimos los conceptos principales de ambos documentos y los de Juan Pablo II y Benedicto XVI, en sendas exhortaciones postsinodales; la primera sobre la formación de los sacerdotes (1992) y la otra sobre la Eucaristía (2007) donde la cuestión del celibato se aborda tangencialmente: ambas ratifican la Sacerdotalis caelibatus. Destacamos también una reflexión del teólogo alemán Gisbert Greshake, autorizado especialista en lo referido al ministerio sacerdotal. Gustavo Irrazábal escribe la habitual reflexión final. Los lectores que deseen expresar sus opiniones pueden hacerlo en esta sección. En números siguientes, esta sección continuará con el tema.

Arturo Prins

Pablo VI / 1967 De la encíclica Sacerdotalis caelibatus (sobre el Celibato sacerdotal)

La ley vigente del sagrado celibato debe también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia (…) La vocación sacerdotal, aunque divina en su inspiración, no viene a ser definitiva y operante sin la prueba y la aceptación de quien en la Iglesia tiene la potestad y la responsabilidad del ministerio para la comunidad eclesial; y por consiguiente, toca a la autoridad de la Iglesia determinar, según los tiempos y los lugares, cuáles deben ser en concreto los hombres y cuáles sus requisitos, para que puedan considerarse idóneos para el servicio religioso y pastoral de la Iglesia misma. (…) Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre (…) La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne, estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia “como señal y estímulo de caridad”; señal de un amor sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos. (…) La consagración a Cristo, en virtud de un título nuevo y excelso cual es el celibato, permite además al sacerdote, como es evidente también en el campo práctico, la mayor eficiencia y la mejor actitud psicológica y afectiva para el ejercicio continuo de la caridad perfecta, que le permitirá, de manera más amplia y concreta, darse todo para utilidad de todos (2Cor 12, 15) (…) No se puede asentir fácilmente la idea de que con la abolición del celibato eclesiástico, crecerán por el mero hecho y de modo considerable, las vocaciones sagradas: la experiencia contemporánea de la Iglesia y de las comunidades eclesiales que permiten el matrimonio a sus ministros, parece testificar lo contrario. La causa de la disminución de las vocaciones sacerdotales hay que buscarla en otra parte, principalmente, por ejemplo, en la pérdida o en la atenuación del sentido de Dios y de lo sagrado en los individuos y en las familias, de la estima de la Iglesia como institución salvadora mediante la fe y los sacramentos; por lo cual, el problema hay que estudiarlo en su verdadera raíz. (…) No es justo repetir todavía, después de lo que la ciencia ha demostrado ya, que el celibato es contra la naturaleza, por contrariar exigencias físicas, psicológicas y afectivas legítimas, cuya realización sería necesaria para completar y madurar la personalidad humana: el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 26-27), no es solamente carne, ni el instinto sexual lo es en él todo; el hombre es también, y sobre todo, inteligencia, voluntad, libertad; gracias a estas facultades es y debe tenerse como superior al universo; ellas le hacen dominador de los propios apetitos físicos, psicológicos y afectivos. (…) El deseo natural y legítimo del hombre de amar a una mujer y de formarse una familia son, ciertamente, superados en el celibato; pero no se prueba que el matrimonio y la familia sean la única vía para la maduración integral de la persona humana. En el corazón del sacerdote no se ha apagado el amor. La caridad, bebida en su más puro manantial (1Jn 4,8-16), ejercitada a imitación de Dios y de Cristo, no menos que cualquier auténtico amor, es exigente y concreta (1Jn 3,16-18), ensancha hasta el infinito el horizonte del sacerdote (…)

Joseph Ratzinger y otros teólogos / 1970 MEMORANDO PARA LA DISCUSIÓN SOBRE EL CELIBATO Los abajo firmantes, de la confianza de los obispos alemanes, elegidos en calidad de teólogos por la Conferencia Episcopal Alemana para tratar sobre cuestiones de la fe y la moral, se sienten obligados a presentar a los obispos alemanes las siguientes consideraciones. Nuestras reflexiones incluyen la necesidad de una revisión urgente y una mirada diferenciada de la ley del celibato de la Iglesia latina para Alemania y la Iglesia universal (debido a que ambos puntos de vista no pueden separarse completamente unos de otros). Si se quiere llamar a este nuevo examen “debate” o no es un problema secundario, terminológico. Sobre la cuestión de cómo se podría hacer esta revisión, se dirá algo más adelante. (Ver especialmente V). I La urgente necesidad de esta revisión no prejuzga en absoluto sobre la decisión de lo que deba surgir como resultado o de lo que concretamente resulte. Esta petición no es un reclamo de opositores al celibato sacerdotal. Los abajo firmantes tampoco han acordado hasta ahora una visión común de lo que ellos creen en particular sobre la cuestión de fondo. Pero todos están convencidos de que es apropiado y necesario que este examen se lleve a cabo en un alto y en el más alto nivel de la iglesia. Sólo para tal fin se redactaron las siguientes palabras, y no tocan ya el contenido específico de tal “discusión” en sí misma. Los firmantes pedimos a los Obispos alemanes no malinterpretar las consideraciones aquí presentadas como una lucha contra el celibato en sí. Estamos convencidos de que el celibato libremente escogido como lo propone Mateo 19 no sólo representa una manera de existencia cristiana con sentido, esencial en todo momento para la iglesia como signo indispensable de su carácter escatológico, sino que también existen buenas razones teológicas para la relación entre la libre elección del celibato y el sacerdocio, ya que este ministerio requiere una amplia y definitiva entrega del ministro al servicio de Cristo y su Iglesia. En este sentido, ratificamos lo que recientemente se afirmó sobre el celibato en la “Carta de los obispos alemanes sobre el ministerio sacerdotal” (véase el apartado 45, 4to. párrafo; apartado 53, 2do. párrafo). Del mismo modo, también estamos convencidos de que, sin perjuicio del resultado de la discusión, el sacerdocio célibe permanecerá siendo una forma esencial del sacerdocio en la Iglesia latina. Además resulta claro que, en nuestra Iglesia, el sacerdocio célibe debe permanecer –a diferencia de la práctica protestante- como forma auténtica y real del el clero secular, ya que, también en la conciencia pública social y psicológica, la vida soltera sin lugar a duda es asumida como un deber ante la Iglesia. Sin duda alguna los sacerdotes ya ordenados por supuesto no pueden ser liberados sencillamente y en forma general de sus promesas en la ordenación por una legislación nueva, posiblemente modificada, resulte ésta como resulte. En principio, una vez que el celibato es libremente escogido, obliga, y no se puede transformar en un compromiso revocable. A partir de estas razones, un verdadero debate de la ley del celibato no debe incrementar la confusión en nuestros seminarios sacerdotales hasta lo insostenible o provocar mayoritariamente una suspensión de todas las decisiones en los jóvenes. Nuestra solicitud, por tanto, no debe identificarse sólo con el tipo de discusión o con la “solución” dada en Holanda a esta pregunta, aún cuando no deben ser ignoradas la necesidad común y la urgencia del problema para la Iglesia universal. Por lo tanto, el planteo de la revisión aquí mentada cuestiona, si la forma en la que se dio la existencia sacerdotal hasta la actualidad en la Iglesia latina pueda ser la única forma de vida y deba seguir siéndolo. Son conocidas las objeciones presentadas a menudo en contra de dicha revisión; en realidad concretamente sólo podría darse una forma de vida sacerdotal; en el caso de aprobarse otras formas de vida, habría de esperarse la desaparición del sacerdote célibe. Somos conscientes de estas razones. Pero quien de antemano considera como superfluo este esclarecimiento, parece tener poca fe en el poder de este consejo del evangélico y en la gracia de Dios, de la que luego en otro lugar afirma que está operando – no la mera “ley” – sino este don de Cristo. (Esto no está claro) II Ciertamente, esta revisión puede llevarse a cabo. – Es que no es teológicamente correcto que en las nuevas situaciones históricas y sociales algo no se pueda revisar y, en ese sentido, no se pueda “discutir” lo que es una ley humana en la Iglesia (mandato del celibato) por una parte y, por otra, lo que existe como una realidad aceptada en otro ámbito de la Iglesia (véanse las Iglesias de Oriente). Afirmar lo contrario no encuentra sustento en ningún argumento teológico serio. Si se dijera, que el principal pastor de la Iglesia prohíbe este “debate” y que para exigirlo posee por lo menos razones psicológicas muy buenas y por tanto de peso (debido a que un debate adicional está minando la voluntad real al celibato en la iglesia), deberá responderse al menos lo siguiente: a) En la posición, que la doctrina eclesiástica del Concilio Vaticano II asigna a los obispos, éstos no pueden ser liberados por dicha declaración papal (siempre y cuando haya acontecido) de su propia responsabilidad de reconsiderar por sí mismos y específicamente en modo novedoso esta pregunta; el Papa tampoco puede aliviarlos de esta responsabilidad. Ellos no son funcionarios papales o simplemente ejecutores de su voluntad, sino como un cuerpo (junto al sucesor de Pedro), verdadero soporte del máximo poder de toma de decisiones en la Iglesia. En tanto claustro, por lo menos son interlocutores dignos de ser escuchados por el Papa (aún cuando éste pueda hacer uso de su poder primacial!) y aunque un consejo de esta índole sea tomado con reticencia (ver a Pablo y Pedro: Ga. 2). Pero para cumplir con esta tarea, los obispos deben revisar tal pregunta entre ellos de modo colegial y por su propia iniciativa. Si hasta un simple subordinado tiene el derecho y la obligación de cuestionarse, si no debe y puede presentar sus preocupaciones y advertencias en cuestiones importantes a su superior, aun sin serle requerido, ¿cuánto más es válido este principio también para los obispos de la Iglesia Católica frente al Papa? Y justamente esto requiere de una reconsideración especial de la cuestión. Hubiese sido mucho mejor, si los ministros responsables de la Iglesia hubieran considerado ya hace unos años seriamente y con detalle la situación creada. Entonces, las reflexiones necesarias probablemente hubiesen transcurrido en una atmósfera más apropiada para el asunto y no cargadas de tanta emotividad. Esto no altera el hecho de que la mentada revisión se ha vuelto más urgente hoy día. b) Es sabido que ya está en marcha una discusión, y es un hecho duro y crudo a tener en cuenta, que esta disputa continúa. Si no avanza en el nivel más alto, lo hace, ciertamente, en los niveles inferiores (por no hablar de los medios de comunicación). Sin embargo, si continúa sólo aquí, se espera que cobre formas que colocarán a los obispos ante situaciones muy difíciles, sencillamente intolerables, como por ej. las encuestas públicas, que perjudican en extremo su autoridad ; desobediencia manifestada colectivamente; renuncias masivas de sacerdotes a su vida sacerdotal, etc. Tampoco es cierto – como lo demuestra el ejemplo de Roboam en el Antiguo Testamento – que cualquier dureza en el mantenimiento de una posición garantice la victoria, y cada “ceder” conduzca a la derrota (ver l Reyes 11 – 12). Los que deciden adherir a la legislación vigente del celibato, deberían haber defendido en el transcurso de los últimos años argumentos prácticamente convincentes con un espíritu de coraje y compromiso, es decir utilizando una táctica “ofensiva”. En su lugar, en gran medida se han escudado detrás de la “ley”, y fueron los regentes, los espirituales y otros los que quedaron peleando en el frente concreto. Ahora sale a la luz esta situación y empuja sin descanso a encontrar una respuesta valedera. III Estas consideraciones deben tenerse en cuenta al abordar una revisión. – No es cierto que todo resulta claro y seguro en esta cuestión y que deba mantenerse lo establecido exclusivamente en base a la confianza en Dios y al valor. Honestamente hay que reconocer que la encíclica “Sacerdotalis Coelibatus”, del 24 de junio de 1967 no dice nada acerca de muchos temas, en los cuales debería haberse explayado, y que en algunos aspectos incluso queda por detrás de la teología del Concilio Vaticano II (por no hablar de la forma de discurso elegida para desplegar la cuestión). En cualquier caso, resultó ser muy ineficiente y ha provocado en los sacerdotes jóvenes más bien la impresión de que se está defendiendo algo, que luego caerá , tal como ha ocurrido en varias combates de retirada de la Iglesia oficial (véanse, por ejemplo, tan sólo las diferentes fases de la reforma litúrgica ). Es necesario repensar muchos temas con mayor precisión en cuanto a las cuestiones psicológicas, sociológicas, jurídicas, espirituales, morales y teológicas, y en vista de los problemas frecuentemente pasados por alto surgidos de la concreta forma de vida del sacerdocio célibe de hoy (inclusive las cuestiones referidas a formas todavía hoy día indignas para disponer la dispensa al celibato). Tampoco es cierto, que la totalidad del problema de la insuficiencia de sacerdotes no guarde relación con estas consideraciones. Por supuesto, la escasez de sacerdotes no es causada únicamente por el requisito del celibato, sino posee además múltiples y más profundas causas. Pero sería erróneo concluir que las dos cuestiones no tienen nada que ver entre ambas. Si, sin modificación de la ley del celibato no es posible ganar un aumento suficientemente importante de sacerdotes – y esta pregunta es también para nuestro país aún una amenaza abierta – entonces la Iglesia sencillamente tiene el deber de realizar alguna modificación. La convicción, de que Dios obtendría siempre en cualquier caso suficientes sacerdotes célibes por su gracia, es una esperanza buena y piadosa, pero teológicamente imposible de demostrar, y no puede permanecer en estas consideraciones como punto de vista único y decisivo. Especialmente los jóvenes sacerdotes que aún tienen un largo trayecto de su vida sacerdotal por delante y una exigencia cada vez mayor en su servicio a la Iglesia, se preguntan, en vistas de la escasez cada vez más aguda de sacerdotes, de qué manera resolverán estos problemas de la vida de la iglesia y de su propio destino en los próximos años, cuando ellos mismos deban asumir mayor responsabilidad. Para ellos, la mirada idealizada hacia atrás no alcanza, aún cuando ellos mismos mantengan su modo de vida previamente elegido. De cualquier modo, es imperioso hacer una advertencia sobre el argumento, según el cual el número real de católicos en el futuro será en poco tiempo lo suficientemente pequeño, que un número menor de clero célibe alcanzará. Si tal vez tenemos que prever por diversas razones un desarrollo en esta dirección, esto no deberá ser la causa que devenga en un derrotismo o en una ideología del “pequeño resto”. La Iglesia debe tener fuerzas misioneras para la ofensiva, siempre donde exista una posibilidad. La legislación anterior acerca del celibato desde luego no puede entenderse como una referencia absoluta para las reflexiones, según la cual deban orientarse con exclusividad todas las demás consideraciones eclesiásticas y pastorales. Si pese a los “graves reparos” el Papa mismo aparentemente no rechaza la idea de la consagración de hombres mayores casados («viri probati”) a priori y absolutamente como indiscutible (de hecho, en algunos casos ya se está haciendo), entonces implícitamente se acepta la nueva revisión de la legislación vigente del celibato y su práctica. A su vez debemos admitir – por lo que percibimos en nuestros estudiantes de teología – que a menudo tenemos la impresión, de que nuestra actual reglamentación en gran medida conduce no sólo a una disminución en el número de candidatos para el sacerdocio, sino también a un empobrecimiento del talento, y por tanto a una reducción en las exigencias y la eficacia de los sacerdotes aún disponibles; sin perjuicio de un número muy reducido de teólogos muy talentosos, que a menudo se acercan a nosotros con el propósito de una segunda formación. Los que aseguran a su obispo no tener ninguna dificultad con respecto a la aceptación del celibato, no han demostrado por esto de modo concluyente que son aptos para la consagración. Todavía queda abierta la pregunta, hasta qué punto estas explicaciones pueden plantearse sin despertar reservas internas y ser tomadas con seriedad por los obispos. Casi en todas partes experiencias recientes documentan nuestra duda. Por su parte, los resultados de los votos a favor o en contra del celibato obtenidos o esperables entre los alumnos dan lugar a muy serios reparos. La situación real es muy alarmante en la mayoría de las casas de estudio y seminarios. IV Cuando se trata de un asunto, que no es dogmático en sentido estricto, el legislador eclesiástico también tiene la obligación de considerar debidamente el impacto de su legislación (incluyendo la adhesión a esta misma). En primer lugar, deben enfocarse los efectos que por una parte son previsibles y por otra parte son los más dañinos (en comparación con sus buenas intenciones). Esto vale incluso, si los efectos “en sí” no se producirían y en cierto modo representasen una reacción indeseada de aquellos, que están afectados por esta “ley”. Además, un legislador de la Iglesia no puede limitarse a decir: nuestra “ley “ y nuestras intenciones son en sí mismas buenas por su contenido, son formalmente legítimas y sólo pueden tener buenos resultados, siempre que esta “ley” sea acatada (como debería ser). Cada legislador a su vez debe reflexionar sobre las consecuencias reales de sus disposiciones. Esta consideración sencilla, a primera vista aparentemente abstracta, pero de ninguna manera secundaria, no parece efectuarse siempre suficientemente. Ya hemos fijado la vista en esta cuestión de modo objetivo en cuanto al cumplimiento del mandato de la Iglesia y del ministerio (prioridad del servicio de salvación pastoral, escasez de sacerdotes, los requisitos cualitativos del sacerdote, etc.) Este problema, empero, también debe pensarse en cuanto a la viabilidad de la vida de celibato de los sacerdotes jóvenes de hoy (véase, por ejemplo, la cuestión de la atención en el hogar – “ama de casa”; el creciente aislamiento y la pérdida de verdadero “reconocimiento” de numerosos sacerdotes en medio de muchas comunidades; la falta de nitidez de la imagen sacerdotal; la indecisión y la inestabilidad psicológica de cuantiosos jóvenes para llevar adelante hoy día en la sociedad sexualmente sobre-estimulada una “saludable” vida de celibato, etc.) La situación totalmente modificada por todo esto no es por sí misma un argumento concluyente contra la ley del celibato, pero requiere sin embargo una revisión muy seria de la cuestión desde numerosos puntos de vista. V 1. El nuevo examen sobre la cuestión del celibato debería ser realizado por los obispos alemanes entre sí, en primer lugar. Por supuesto, deberían ser invitados a participar expertos de todos los ámbitos que puedan aportar un esclarecimiento real a esta cuestión. Tampoco hay razones para excluir otros representantes imparciales, no manipulados y genuinos de los sacerdotes y sobre todo del clero más joven. En caso contrario, el episcopado sólo daría la impresión de no creer realmente en la fuerza interior de la recomendación evangélica del celibato “por el bien del Reino Divino”, sino únicamente en el poder de la autoridad formal. Tal inventario positivo y análisis del problema debe llevarse a cabo, a su vez, porque el asunto del celibato debe ser expuesto comprensiblemente y con sentido, mismo dentro de los condicionamientos de la opinión pública y de la sociedad actuales – en tanto esto sea posible – conociendo los límites muy claros de este esfuerzo. Constituirá un “estorbo”, permanente pero no eximirá de ser presentado con los mejores argumentos, si se realiza una revisión seria y se puede arribar a resultados positivos (ver también más arriba la sección l). Por más que sepamos, que el celibato es ante todo un fruto de experiencia espiritual, como representantes de la ciencia teológica, tenemos que llamar la atención sobre la función positiva, esclarecedora e indispensable de una revisión. 2. Además, estamos convencidos de que los obispos alemanes deben propiciar ante Pablo VI una revisión seria de la ley de celibato y sugerir aclaraciones y medidas pertinentes. Los obispos tienen el derecho a esto y, en la situación actual, creemos también una real obligación. Un verdadero “debate”, que ya debiera haberse producido en lugar de la charla pública, tampoco sería un precedente para una respuesta negativa a la cuestión. Dicha revisión no debería realizarse bajo la premisa, que la Iglesia y el Papa se encuentren sólo ante el dilema de “abolir” el celibato o mantener la legislación y práctica vigentes sin todos los matices. El dilema así planteado no existe. Creemos que esta cuestión de Roma sólo puede resolverse en cooperación verdaderamente sincera y colegial con el episcopado del mundo. Cualquier proceder según los últimos pasos pone en extremo peligro la autoridad efectiva del ministerio eclesiástico (del Papa y los obispos). Pedimos a los obispos alemanes una pronta intervención en Roma, en vistas de la evolución reciente de este asunto. La experiencia hecha con “Humanae Vitae” y también en nuestra presente cuestión (sobre todo en los últimos 10 días) demuestra lo que ocurre y como las dificultades van en aumento casi trágico, si falta la cooperación. Esta opinión no cuestiona ni limita la primacía papal. Es sólo la aplicación de la afirmación implícita, que también el Papa debe utilizar en sus decisiones las “apta media” para encontrar la decisión adecuada. En la situación actual, esta cooperación con el episcopado mundial es, al tratar estas cuestiones, prácticamente parte de estas “apta et – hodie necessaria – media”, y no un simple “simulacro de disputa”. Tal vez nuestra opinión sea rotulada con el veredicto de la ambigüedad o incluso de la contradicción, y sea pasada por alto. Pero las reales dificultades descansan en la situación objetiva muchas veces confusa, resultado de diversos factores. Hemos querido enfrentarnos a esta situación, sin ignorar la fuerza y la exigencia del Evangelio. No debemos hacer prescripciones a los obispos alemanes. Pero tenemos el derecho y el deber de decir en esta grave situación a los miembros de la Conferencia Episcopal Alemana, basándonos en nuestro ministerio como teólogos y en nuestra misión como consultores con todo respecto a la dignidad y gran responsabilidad de su cargo, que deben tomar una nueva iniciativa en el asunto del celibato y no pueden considerarse dispensados sólo debido a la práctica actual de la Iglesia y a las declaraciones del Papa. 9 de febrero de 1970 suscribe Ludwig Berg, Mainz suscribe Alfons Deissler, Freiburg suscribe Richard Egenter, München suscribe Walter Kasper, Münster suscribe Karl Lehmann, Mainz suscribe Karl Rahner, Münster-München suscribe Joseph Ratzinger, Regensburg suscribe Rudolf Schnackenburg, Würzburg suscribe Otto Semmelroth, Frankfurt (Al final publicamos la versión en alemán) Juan Pablo II / 1992 De la exhortación apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis (sobre la formación de los sacerdotes) Los Padres sinodales han expresado con claridad y fuerza su pensamiento con una Proposición importante, que merece ser transcripta íntegra y literalmente: “Quedando en pie la disciplina de las Iglesias Orientales, el Sínodo, convencido de que la castidad perfecta en el celibato sacerdotal es un carisma, recuerda a los presbíteros que ella constituye un don inestimable de Dios a la Iglesia y representa un valor profético para el mundo actual. Este Sínodo afirma nuevamente y con fuerza cuanto la Iglesia Latina y algunos ritos orientales determinan, a saber, que el sacerdocio se confiera solamente a aquellos hombres que han recibido de Dios el don de la vocación a la castidad célibe (sin menoscabo de la tradición de algunas Iglesias orientales y de los casos particulares del clero casado proveniente de las conversiones al catolicismo, para los que se hace excepción en la encíclica de Pablo VI sobre el celibato sacerdotal). El Sínodo no quiere dejar ninguna duda en la mente de nadie sobre la firme voluntad de la Iglesia de mantener la ley que exige el celibato libremente escogido y perpetuo para los candidatos a la ordenación sacerdotal en el rito latino. El Sínodo solicita que el celibato sea presentado y explicado en su plena riqueza bíblica, teológica y espiritual, como precioso don dado por Dios a su Iglesia y como signo del Reino que no es de este mundo, signo también del amor de Dios a este mundo, y del amor indiviso del sacerdote a Dios y al Pueblo de Dios, de modo que el celibato sea visto como enriquecimiento positivo del sacerdocio”. Es particularmente importante que el sacerdote comprenda la motivación teológica de la ley eclesiástica sobre el celibato. En cuanto ley, ella expresa la voluntad de la Iglesia, antes aún que la voluntad que el sujeto manifiesta con su disponibilidad. Pero esta voluntad de la Iglesia encuentra su motivación última en la relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado. Por eso el celibato sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en y con el Señor. Benedicto XVI / 2007 De la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (sobre la Eucaristía) Respetando la praxis y las diferentes tradiciones orientales, es necesario reafirmar el sentido profundo del celibato sacerdotal, considerado con razón como una riqueza inestimable y confirmado por la praxis oriental de elegir como obispos sólo entre los que viven el celibato, y que tiene en gran estima la opción por el celibato que hacen numerosos presbíteros. En efecto, esta opción del sacerdote es una expresión peculiar de la entrega que lo configura con Cristo y de la entrega exclusiva de sí mismo por el Reino de Dios. El hecho de que Cristo mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta el sacrificio de la cruz en estado de virginidad, es el punto de referencia seguro para entender el sentido de la tradición de la Iglesia latina a este respecto. No basta con comprender el celibato sacerdotal en términos meramente funcionales. En realidad representa una especial configuración con el estilo de vida del propio Cristo. Dicha opción es ante todo esponsal; es una identificación con el corazón de Cristo Esposo que da la vida por su Esposa. Junto con la tradición eclesial, el Concilio Vaticano II y los Sumos Pontífices predecesores míos, reafirmo la belleza e importancia de una vida sacerdotal vivida en el celibato, como signo que expresa la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la Iglesia y al Reino de Dios, y confirmo por tanto su carácter obligatorio para la tradición latina. El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y entrega, es una grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma. Gisbert Greshake Teólogo alemán, profesor emérito en teología dogmática y ecuménica (Universidad de Friburgo). El celibato no es sólo un “signo escatológico”, sino que además es un constante “aguijón en la carne” (…) Precisamente la vida célibe representa una exigencia existencial elevada y es una norma según la cual un joven puede medir –y por cierto a lo largo de toda una vida– la seriedad de su compromiso y la intensidad con la que está dispuesto a poner su vida al servicio de Cristo. Finalmente, aunque no sea lo de menor importancia, el celibato deja libre al sacerdote para ponerse de manera íntegra al servicio de la “causa de Cristo”. Aunque el celibato sólo pertenece al “derecho eclesiástico”, sin embargo está profundamente enraizado en la Sagrada Escritura, en la historia de la Iglesia y en la esencia del servicio ministerial. (…) Cuando la Iglesia católica de Occidente presupone esta unidad como condición para impartir las sagradas órdenes, entonces expresa con claridad insuperable que sólo quiere tener como ministros a “carismáticos”, es decir, a personas que hayan recibido los dones especiales de gracia del Espíritu santo y aspiren a recibir más dones. Demuestra con esta praxis que, para ella, se trata de la unidad – atestiguada ya en la Escritura– entre ministerio sacerdotal y existencia sacerdotal. (…) La vinculación institucional entre el carisma y el celibato, por un lado, y la vocación al ministerio, por otro, no tiene por qué significar una limitación de la libertad, sino que puede muy bien significar –en sentido perfectamente bíblico– una invitación a “aspirar” a ese carisma. El vínculo jurídico-institucional entre el ministerio sacerdotal y el celibato no debe suprimirse sin sustituir por algo lo que el celibato expresa y logra concretamente: la unidad entre la misión ministerial y la existencia del sacerdote. Por consiguiente, si alguien, basándose en buenas razones, está convencido de que en el futuro debe existir también la figura del sacerdote casado, tendrá que desarrollar un modelo en el que pueda quedar realizada esa unidad, de manera diferente pero análoga. De su libro Ser sacerdote hoy Sígueme, Salamanca 2003, pp.381-90 Reflexión final Celibato sacerdotal: el ideal y la realidad La conexión íntima entre el celibato y el ministerio sacerdotal se cristalizó en la conciencia de la Iglesia desde muy temprano, cuando la visión de la sexualidad no permitía apreciar la real complejidad de semejante ideal. Hoy, esta complejidad del celibato sacerdotal es lo primero que salta a la vista para la cultura, la opinión pública y la investigación científica. No se trata, sin embargo, de enfoques contradictorios: el primero se refiere ante todo al valor del celibato en sí mismo; el segundo se centra en su realización práctica; dos cuestiones que se relacionan, pero no se identifican entre sí. En efecto, las estadísticas más serias, al mismo tiempo que señalan algunos datos preocupantes sobre vivencias fallidas del celibato, constatan la existencia de un porcentaje no despreciable de ministros célibes que logran vivir en este estado con relativo éxito, manifestado en la alegría de vivir, en la madurez, la creatividad y la fecundidad pastoral, lo que impide cuestionar la disciplina actual de modo indiscriminado. Sin embargo, los numerosos fracasos constituyen un serio desafío, ante todo en lo referente a la selección y formación de los candidatos al sacerdocio, y al acompañamiento de los ya ordenados, más allá de los progresos verificados en las últimas décadas. Los criterios de selección se ven relajados muchas veces por una confianza excesiva en la obra de la gracia (que de ordinario perfecciona la naturaleza pero no la suple). En la formación, prevalece un discurso idealizado y voluntarista, poco apto para incidir eficazmente en la afectividad y en la conducta. Finalmente, a los ministros ya ordenados no se les brinda suficiente acompañamiento institucional, a la vez que se los inserta en estructuras que suelen favorecer el individualismo y el aislamiento. A mi juicio, mientras no se encaren adecuadamente estas cuestiones, un eventual cambio de la disciplina eclesiástica se parecerá más a una escapatoria que a una solución. Aus dem Archiv Anno 1970 Den Unterfertigten zur Erinnerung MEMORANDUM ZUR ZÖLIBATSDISKUSSION Die Unterzeichneten, die durch das Vertrauen der deutschen Bischöfe als Theologen in die Kommission für Fragen der Glaubens- und Sittenlehre der Deutschen Bischofskonferenz berufen worden sind, fühlen sich gedrängt, den deutschen Bischöfen folgende Erwägungen zu unterbreiten. Unsere Überlegungen betreffen die Notwendigkeit einer eindringlichen Überprüfung und differenzierten Betrachtung des Zölibatsgesetzes der lateinischen Kirche für Deutschlandund die Weltkirche in ganzen (weil beide Gesichtspunkte nicht gänzlich voneinander getrennt werden können). Ob man diese erneute Prüfung “Diskussion” nennen will oder nicht, ist ein sekundäres, terminologisches Problem. Über die Frage, wie diese Überprüfung angestellt werden könnte, soll in folgenden noch einiges gesagt werden (vgl. bes. V). I Die dringliche Forderung nach einer solchen Überprüfung präjudiziert in keiner Weise eine Entscheidung darüber, was als Ergebnis resultieren soll oder faktisch herauskommt, Diese Petition ist keine Forderung von Gegnern des priesterlichen Zölibats. Die Unterzeichneten haben sich bis jetzt auch gar nicht zu einer gemeinsamen Ansicht darüber verständigt, was sie über die Sachfrage selbst im einzelnen meinen. Aber sie sind alle davon überzeugt, daß eine solche Überprüfung auf hoher und höchster kirchlicher Ebene angebracht, ja notwendig ist, Nur dazu soll im folgenden etwas gesagt werden, nicht aber schon zum konkreten Inhalt einer solchen “Diskussion” selbst. Die Unterzeichner bitten die deutschen Bischöfe, die hier unternommenen Überlegungen in keiner Weise als eine Bekämpfung dos Zölibats selber mißzuverstehen. Wir sind davon überzeugt, daß die freigewählte Ehelosigkeit in Sinne von Mt 19 nicht nur eine sinnvolle Möglichkeit christlicher Existenz darstellt, die für die Kirche als Zeichen ihres eschatologischen Charakters zu jeder Zeit unabdingbar ist, sondern daß es auch gute theologische Gründe für die Verbindung von freigewählter Ehelosigkeit und priesterlichem Amt gibt, weil dieses Amt seinen Träger eben endgültig und umfassend in den Dienst Christi und seiner Kirche nimmt. In diesem Sinne bejahen wir, was jüngst in dem “Schreiben der deutschen Bischöfe über das priesterliche Amt” zum Zölibat gesagt wurde (vgl. Nr. 45,4.Absatz; Nr. 53,2.Ab­satz). Und in diesem Sinne sind wir auch davon überzeugt, daß unbeschadet des Ausgangs der Diskussion das ehelose Priestertum eine wesentliche Form des Priestertums in der lateinischen Kirche bleiben wird. Es ist darüber hinaus klar, daß in unserer Kirche für den Weltklerus – im Unterschied zur protestantischen Praxis – auch im psychologischen und gesellschaftlich-öffentlichen Bewußtsein ein eheloses Priestertum als echte und reale Möglichkeit bestehen bleiben muß, wobei das ehelose Leben durchaus als Verpflichtung auch der Kirche gegenüber übernommen wird. Es unterliegt auch keinem Zweifel, daß die schon geweihten Priester selbstverständlich nicht einfach generell und durch eine neue, möglicherweise modifizierte Gesetzgebung, wie immer sie ausfallen sollte, aus ihrem Versprechen bei der Weihe entlassen werden könnten. Im Prinzip bleibt der einmal frei übernommene Zölibat verbindlich und kann nicht in eine Verpflichtung auf Widerruf umgewandelt werden. Von diesen Gründen her braucht eine echte Diskussion des Zölibatsgesetzes die Verwirrung in unseren Priesterseminaren nicht bis zur Unerträglichkeit zu steigern oder zur weitgehenden Suspendierung aller Entscheidungen bei jungen Menschen zu führen. Unsere Bitte ist also auch nicht einfachhin mit der Art der Erörterung oder der “Lösung” dieser Frage in Holland zu identifizieren, wenn auch die gemeinsame Not und die Dringlichkeit des Problems für die ganze Weltkirche nicht außer acht gelassen werden dürfen. Die Fragerichtung der hier gemeinten Überprüfung geht folglich nur dahin, ob die bisherige Weise, in der die priesterliche Existenz realisiert wird, in der lateinischen Kirche die einzige Lebensform sein könne und bleiben müsse. Die öfter vorgetragenen Einwände gegen eine solche Überprüfung sind bekannt; Es könne konkret nur eine Form des priesterlichen Lebens geben; im Falle der Zulassung anderer Lebensformen sei zu erwarten, daß der ehelose Priester aussterben würde. Wir verkennen diese Gründe nicht. Wer aber von vornherein deswegen eine solche Klärung für überflüssig hält, scheint uns wenig Glauben an die Kraft dieser Empfehlung des Evangeliums und an die Gnade Gottes zu haben, von der er dann an anderer Stelle wieder behauptet, sie – also nicht das bloße “Gesetz” – wirke diese Gnadengabe Christi. II Eine solche Überprüfung kann stattfinden. – Es ist theologisch einfach nicht richtig, daß man in neuen geschichtlichen und gesellschaftlichen Situationen etwas nicht überprüfen und in diesem Sinne “diskutieren” könne, was einerseits ein menschliches Gesetz (Gebot der Ehelosigkeit) in der Kirche ist und was als eine anerkannte Wirklichkeit in einem anderen Bereich der Kirche als reale Übung besteht (vgl. die Ostkirchen). Das Gegenteil zu behaupten, wird durch kein ernsthaftes theologisches Argument gestützt. Wenn gesagt würde, der oberste Hirte der Kirche verbiete eine solche “Diskussion” und er habe dafür mindestens psychologisch sehr gute und darum auch schwerwiegende Gründe (weil nämlich eine weitere Diskussion den faktischen Willen zum Zölibat in der Kirche untergrabe), so ist zu dieser Argumentation mindestens folgendes zu sagen: a) Bei der Stellung, die die kirchliche Lehre des II. Vatikanischen Konzils den Bischöfen zuweist, können die Bischöfe durch eine solche päpstliche Erklärung (sie einmal im obigen Sinne vorausgesetzt) nicht aus ihrer eigenen Verantwortung entlassen werden, diese Frage auch selbst und eigens neu zu überdenken; diese Verantwortung kann ihnen auch der Papst nicht abnehmen. Sie sind keine Beamte des Papstes oder lediglich Exekutoren des päpstlichen Willens, sondern als Kollegium (mit dem Nachfolger Petri) selbst Träger höchster Entscheidungsgewalt in der Kirche. Als solches Kollegium sind sie auch mindestens anzuhörende Ratgeber des Papstes (auch wo der Papst von seiner eigenen Primatialgewalt Gebrauch macht!) , selbst wenn ein solcher Rat ungern gehört würde (vgl. Paulus und Petrus: Gal 2). Um diese Aufgabe aber erfüllen zu können, müssen die Bischöfe unter sich und kollegial in eigener Initiative eine solche Frage prüfen. Wenn schon ein einfacher Untergebener Recht und Pflicht hat, sich zu fragen, ob er den ihn Übergeordneten nicht in wichtigen Dingen ungefragt Bedenken und Warnungen vortragen dürfe und müsse, um wieviel mehr gilt dies auch für die Bischöfe in der katholischen Kirche, auch gegenüber dem Papst. Und eben dies verlangt eine eigene Prüfung der Angelegenheit. Es wäre viel besser gewesen, die verantwortlichen Amtsträger der Kirche hätten schon vor ein paar Jahren ernsthaft und genau die entstandene Situation geprüft. Dann wären die notwendigen Überlegungen wahrscheinlich in einer Atmosphäre vorlaufen, die der Sache günstiger gewesen und nicht mit so viel Emotionen geladen worden wäre. Dies ändert aber nichts daran, daß die erwähnte Überprüfung heute noch dringender geworden ist. b) Eine Diskussion ist bekanntermaßen schon in Gang, und es ist eine Tatsache, mit der hart und nüchtern zu rechnen ist, daß diese Auseinandersetzung weitergeht. Wenn sie nicht auf hoher und höchster Ebene fortgeführt wird, dann sicher auf den niedrigeren Stufen (ganz abgesehen von den Massenmedien). Wenn sie aber nur hier weitergeführt wird, dann ist zu erwarten, daß sie Formen annimmt, welche die Bischöfe vor äußerst schwierige Situationen stellen, die sie nicht leichten Herzens zulassen können, z. B. öffentliche Abstimmungen, die ihrer Autorität aufs höchste schaden; kollektiv sich äußernder Ungehorsam; Massenaustritte von Priestern aus ihrem priesterlichen Beruf usw. Es ist – wie schon das Beispiel Roboams im Alten Testament beweist – auch nicht wahr, daß jede Härte in der Aufrechterhaltung einer Position zum Sieg und jedes “Nachgeben” zum Untergang führt (vgl. l Kg 11 – 12). Diejenigen, welche entschieden für die bisherige Zölibatsgesetz­gebung eintreten, hätten sich im Laufe der letzten Jahre in einem Geist des Mutes und des persönlichen Engagements auch durch praktisch überzeugende Argu­mente einsetzen sollen, also in einer “offensiven” Taktik. Stattdessen hat man sich doch weitgehend hinter dem “Gesetz” verschanzt, und ließ Regenten, Spirituale und andere an der konkreten Front kämpfen. Diese Situation kommt nun an den Tag und drängt unaufhaltsam nach einer genuinen Antwort. III Solche Erwägungen in Sinne einer Überprüfung müssen angestellt werden. – Es ist nicht wahr, daß in dieser Frage alles klar bzw. sicher sei und daß man nur mit Gottvertrauen und Mut an dem Bisherigen festhalten müsse. Man muß ehrlich zugeben, daß die Enzyklika “Sacerdotalis Coelibatus” vom 24. Juni 1967 über vieles nichts sagt, worüber hätte gesprochen werden müssen, und daß sie in manchem sogar hinter der Theologie des Zweiten Vatikanischen Konzils zurückbleibt (ganz abgesehen von der gewählten Sprachform, in der über diesen Sachverhalt die Rede ist). Auf jeden Fall ist sie höchst ineffizient geblieben und hat bei jungen Priestern eher den Eindruck erweckt, hier werde etwas verteidigt, was dann doch fallen werde, so wie es in manchen Rückzugsgefechten der amt­lichen Kirche geschehen ist (vgl. z.B. nur die verschiedenen Phasen der Liturgiereform). Es ist sehr vieles ge­nauer zu überlegen hinsichtlich psychologischer, soziolo­gischer, rechtlicher, spiritueller, moralischer und theologischer Fragen und in Blick auf die häufig zu sehr übersehenen Probleme der konkreten Lebensform des heutigen ehelosen Priestertums (bis zu den Fragen über auch heute noch unwürdige Formen, unter denen sich die Dispens von der Zölibatsverpflichtung abspielt). Es ist auch nicht so, daß das ganze Problem des Priestermangels in Zusammenhang dieser Überlegungen keine Rolle zu spielen habe. Natürlich ist der Priestermangel nicht allein durch die Zölibatsverpflichtung bedingt, sondern hat auch viele andere und tiefer liegende Gründe. Es wäre aber dennoch falsch, daraus zu schließen, daß die beiden Dinge gar nichts miteinander zu tun hätten. Wenn ohne Modifizierung der Zölibatsgesetzgebung ein genügend großer Priesternachwuchs nicht zu gewinnen ist – und diese Frage ist auch für unser Land immer noch bedrohlich offen – , dann hat die Kirche einfach die Pflicht, eine gewisse Modifizierung vorzunehmen. Die Überzeugung, daß Gott auf jeden Fall genügend ehelose Priester durch seine Gnade zu allen Zeiten erwirken werde, ist eine gute und fromme Hoffnung, theologisch aber unbeweisbar und kann in diesen Überlegungen nicht der einzige, ausschlaggebende Gesichtspunkt bleiben. Gerade die jungen Priester, die noch einen großen Teil ihres priesterlichen Lebens und ein steigendes Ausmaß ihres Dienstes für die Kirche vor sich sehen, fragen sich angesichts dieses akuter werdenden Priestermangels, wie diese Lebensprobleme der Kirche und ihres eigenen Amtes in einigen Jahren noch gemeistert werden können, wenn sie selbst einmal größere Verantwortung übernehmen müssen. Für sie genügt der ideale Blick nach rückwärts nicht, auch wenn sie selbst an der von ihnen gewählten Lebensform festhalten. Es ist auch dringend vor der Argumentation zu warnen, die Zahl der wirklichen Katholiken werde in Zukunft sehr rasch so klein sein, daß auch ein zahlenmäßig kleiner eheloser Klerus genügen werde. Wenn wir vielleicht auch aus den verschiedensten Gründen eine solche Entwicklung in etwa vorauszusehen haben, so darf so etwas dennoch nicht zum Grund eines resignierenden Defaitismus oder zu einer Ideologie des “kleinen Restes” gemacht worden. Die Kirche muß missionarische Kräfte zur Offensive haben, wo immer eine solche möglich ist. Die bisherige Zölibatsgesetzgebung kann jedenfalls nicht zum absoluten Fixpunkt der Überlegungen gemacht werden, nach dem sich alle anderen kirchlichen und pastoralen Erwägungen ausschließlich zu richten hätten. Wenn bei allen “schwersten Bedenken” selbst der Papst offenbar die Vorstellung der Weihe älterer verheirateter Männer (”viri probati”) nicht von vornherein und schlechterdings als indiskutabel zurückweist (sie wird ja auch in einigen Fällen schon praktiziert), dann ist doch schon damit gesagt, daß neue Überlegungen die bisherige Zölibatsgesetzgebung und -praxis überprüfen können. Wir müssen auch – soweit wir unsere Theologiestudenten kennen – gestehen, sehr oft den Eindruck zu haben, daß die jetzige Regelung bei uns in einen nicht unerheblichen Ausmaß nicht bloß zu einer Schrumpfung der Zahl der Priesteramtskandidaten, sondern auch zu einer Senkung der Begabung, damit faktisch der Anforderungen und auch der Einsatzfähigkeit der künftig noch zur Verfügung stehenden Priester führt; dies gilt unbeschadet einer sehr kleinen Zahl hochbegabter Theologen, die nicht selten über ein Zweitstudium zu uns stoßen. Diejenigen, die ihrem Bischof versichern, sie hätten hinsichtlich der Übernahme des Zölibats keine Schwierigkeiten, haben dadurch noch längst nicht bewiesen, daß sie für die Weihe geeignet sind. Dabei bleibt auch die Frage noch offen, wie weit solche Erklärungen wirklich ohne innere Vorbehalte gegeben werden und von den Bischöfen ernst genommen werden können. Jüngste Erfahrungen be­legen dies fast überall. Die gegebenen oder zu befürchtenden Abstimmungsergebnisse über den Zölibat unter den Alumnen veranlassen ihrerseits sehr ernste Bedenken. Die wirkliche Lage ist in den meisten Konvikten und Seminaren höchst alarmierend. IV Wo es sich um eine Sache handelt, die kein Dogma im strengen Sinne ist, hat auch ein kirchlicher Gesetzgeber die Pflicht, die Auswirkungen seiner Gesetzgebung (einschließlich des Festhaltens an einer solchen) gebührend mitzuberücksichtigen. Dabei muß zuerst an jene Auswirkungen gedacht werden, die einerseits voraussehbar sind und anderseits einen größeren Schaden (im Vergleich zum Guten seiner Absichten) bewirken. Dies gilt auch dann, wenn diese Auswirkungen “an sich” nicht zu sein brauchten und in gewisser Weise eine nicht sein sollende Reaktion derer darstellen, die von einem solchen “Gesetz” betroffen werden. Auch ein kirchlicher Gesetzgeber kann nicht bloß sagen: Unser “Gesetz” und unsere Absichten sind an und für sich inhaltlich gut, formal legitim und können nur gute Folgen haben, sofern dieses “Gesetz” (wie es sein sollte) beachtet wird. Jeder Gesetzgeber muß auch die faktischen Folgen seiner Anordnungen mitbedenken. Diese einfache, im ersten Augenblick abstrakt erscheinende, aber keineswegs nebensächliche Erwägung scheint nicht überall hinreichend angestellt zu werden. Wir haben diese Frage schon objektiv von seiten der Erfüllung des kirchlichen Auftrags und des Amtes her in den Blick gefaßt (Vorrangigkeit des pastoralen Heilsdienstes, Priestermangel, qualitative Anforderungen an den Priester usf.). Dieses Problem ist aber auch von der Realisierbarkeit des ehelosen Lebens des heutigen jungen Priesters her zu bedenken (vgl. z.B. die Frage der häuslichen Versorgung – “Haushälterin”; Die zunehmende Vereinsamung und der Verlust echter “Anerkennung” bei vielen Priestern inmitten vieler Gemeinden; die Unsicherheit des Priesterbildes; die Entscheidungsschwäche und die psychische Labilität vieler junger Menschen, in der heutigen sexuell überreizten Gesellschaft ein “gesundes” eheloses Leben führen zu können usw.). Die dadurch im ganzen stark veränderte Situation ist für sich noch kein durchschlagendes Argument gegen das Zölibatsgesetz, verlangt aber eine sehr ernsthafte Überprüfung der Frage unter sehr vielenGesichtspunkten. V 1. Die Neuüberprüfung der Zölibatsfrage müßte von den deutschen Bischöfen zunächst unter sich geschehen. Selbstverständlich wären dabei Fachleute aus allen Gebieten heranzuziehen, die für eine wirkliche Klärung dieser Frage in Betracht kommen. Es ist auch nicht einzusehen, warum hierbei nicht unbefangene unmanipulierte und wirkliche Vertretungen der Priester und vor allem der jüngeren Geistlichen herangezogen werden könnten. In einem anderen Falle würde der Episkopat nur den Eindruck erwecken, er glaube gar nicht wirklich an die innere Kraft der evangelischen Empfehlung des ehelosen Lebens “um des Himmelreiches willen”, sondern nur an die Macht einer formalen Autorität. Eine solche positive Bestandsaufnahme und Aufarbeitung des Problems muß auch deswegen stattfinden, weil die Sache des Zölibats selbst unter den Bedingungen der heutigen Öffentlichkeit und Gesellschaft – soweit dies nur geht – bei allem Wissen um sehr deutliche Grenzen dieses Bemühens verständlich und sinnvoll dargestellt werden muß. Er wird ein “Ärgernis” bleiben, aber dies entbindet nicht, ihn mit den besten Gründen werbend zu empfehlen, falls eine Überprüfung ernsthaft angestellt wird und zu positiven Ergebnissen kommen kann (vgl. auch oben Abschnitt l). Wenn wir auch wissen, daß der Zölibat primär eine Frucht geistlicher Erfahrung ist, so müssen wir doch auch als Vertreter der theologischen Wissenschaft auf diese positive, klärende und unumgängliche Funktion einer Überprüfung aufmerksam machen. 2. Wir sind darüber hinaus auch der Überzeugung, daß der deutsche Episkopat bei Paul VI. für eine ernsthafte Überprüfung der Zölibatsgesetzgebung und seiner eigenen Erklärungen und Maßnahmen eintreten sollte. Dazu haben die Bischöfe das Recht und nach unserer Meinung in der heutigen Situation auch eine wirkliche Pflicht. Eine echte “Diskussion”, die schon längst an die Stelle des öffentlichen Geredes hätte treten sollen, würde auch hier kein Präjudiz für eine negative Lösung der Frage bedeuten. Eine solche Überprüfung sollte nicht unter der Voraussetzung erfolgen, Kirche und Papst ständen einfach vor den Dilemma, den Zölibat “abzuschaffen” oder ohne jede Nuance an der bisherigen Gesetzgebung und Praxis festzuhalten. Dieses Dilemma besteht in dieser Form nicht. Wir sind der Überzeugung, daß diese Frage von Rom nur in einer wirklich echten und kollegialen Zusammenarbeit mit dem Episkopat der Welt geklärt werden kann. Jedes weitere Vorgehen nach Art der letzten Schritte gefährdet die effektive Autorität des kirch­lichen Amtes (des Papstes und der Bischöfe) auf das äußerste. Wir bitten die deutschen Bischöfe angesichts der jüngsten Entwicklungen in dieser Frage um eine baldige Intervention in Rom. Die Erfahrungen, die man mit “Humanae vitae” und auch in dieser unserer Frage (gerade in den letzten 10 Tagen) bisher gemacht hat, zeigen, was sich ereignet und wie die Schwierigkeiten sich geradezu tragisch steigern, wenn diese Zusammenarbeit fehlt. Eine solche Meinung bestreitet oder beschränkt den päpstlichen Primat nicht. Sie ist nur die Anwendung des selbstverständlichen Satzes, daß auch der Papst bei seinen Entscheidungen die “apta media” zur Findung einer richtigen Entscheidung anwenden muß. In der heutigen Situation gehört eine solche Zusammenarbeit mit dem Weltepiskopat, die kein bloßes “Scheingefecht” ist, praktisch für solche Fragen wie die eben genannten, zu diesen “apta et – hodie necessaria – media”. Unsere Stellungnahme wird man vielleicht mit dem Urteil der Zwiespältigkeit oder gar der Widersprüchlichkeit belegen oder übergehen. Die tatsächlichen Schwierigkeiten liegen aber in der vielfach verwirrten objektiven Situation, die ein Ergebnis vieler Faktoren ist. Wir wollten uns dieser Lage stellen, ohne die Kraft und den Anspruch des Evangeliums zu übergehen. Wir haben den deutschen Bischöfen keine Vorschriften zu machen. Wir haben aber das Recht und die Pflicht, in dieser notvollen Situation den Mitgliedern der Deutschen Bischofskonferenz auf Grund unseres Amtes als Theologen und unseres Auftrags als Consultoren in aller Ehrfurcht vor ihrem hohen und verantwortungsvollen Amt zu sagen, daß sie in der Zölibatsfrage eine neue Initiative ergreifen müssen und weder durch die bisherige Praxis der Kirche noch durch die Erklärungen des Papstes allein sich davon dispensiert halten dürfen. 9. Februar 1970 gez. Ludwig Berg, Mainz gez. Alfons Deissler, Freiburg ges. Richard Egenter, München gez. Walter Kasper, Münster gez. Karl Lehmann, Mainz gez. Karl Rahner, Münster-München gez. Joseph Ratzinger, Regensburg gez. Rudolf Schnackenburg, Würzburg gez. Otto Semmelroth, Frankfurt

Fuente: revista Criterio, Buenos Aires, Nº 2371 » JUNIO 2011.

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