Convivir con la inseguridad

Como toda enfermedad curable debe hallarse su raíz y prevenir luego para que no regrese. Es decir proporcionar lo necesario para que los argentinos puedan desarrollarse plenamente en sus capacidades sin necesidad de perjudicar a sus co-ciudadanos, educar principalmente, en valores y en conductas humanas.

Por María Julia Grimaldi (Rafaela)

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Está en la puerta de nuestras casas, a las salidas de las escuelas, por las noches y durante el día a la luz del sol, cuando estamos en un negocio, cuando conducimos un auto o subimos a un taxi, es como si fuera nuestra propia sombra, es que realmente a “esto” lo proyectamos nosotros mismos, directa o indirectamente pero no es más que producto de nuestra sociedad. Me refiero a la Inseguridad, este tema tan en boga en estos días, está en los discursos políticos, en los proyectos electorales, en las demandas sociales, en los medios de comunicación; es el tema que los medios utilizan para provocar el impacto en los receptores pero que a esta altura pocas veces logran sorprender con dichas noticias, pues constituyen la cotidianeidad argentina por llamarlo de alguna forma que evoque lo propio por un lado y lo habitual por el otro. El encontrar una solución parece estar tan intrincado en los poderes del estado, quiero decir que en estos altos niveles de gobierno y administración tendría que soslayarse un camino transitable hacia la seguridad. Pero también es una cuestión social, palpable en los estratos más bajos y desprovistos de la sociedad argentina donde generalmente el poder estatal o mejor dicho las garantías que el estado debería brindar se esfuman, y en su lugar se esgrime una manifestación de poder: la violencia, el monopolio de la violencia por parte del estado, el mismo que debería garantizar los derechos individuales. Las críticas de la población son generalmente hacia el gobierno, se dice que la justicia es lenta, con lo que estoy completamente de acuerdo y no hay escusa que valga, se discute la aplicabilidad de las leyes, que no hay normas adecuadas, que son pocas e insuficientes, que son muchas pero inútiles, que la edad de los menores, los tipos de pena, la duración de las condenas, los derechos humanos, etc., etc., etc. Pero entendamos que no es sencillo el tratamiento de estos asuntos, no es correcto tirar a todos los funcionarios políticos dentro de la misma bolsa, seguramente algunos han hecho cosas importantes, positivas que enderezan a la sociedad, la pautan en sus conductas, defienden el bien, la verdad, los valores. No obstante esto no voy a negar que existe un tendal de cuestiones por resolver, por reglar, por investigar, por juzgar, por ser puestas en la agenda, y lo paradójico es que existe también otro tanto de funcionarios que se limitan a cobrar un sueldo, excesivo para lo que hacen (a veces ni siquiera van a sentarse en una banca del Congreso). Ahora bien mientras esto ocurre en nuestro Estado Argentino, la sociedad Argentina se desenvuelve entre la violencia, el miedo, el robo, los asesinatos, la pobreza y el hambre, la desesperación, el desempleo. Falla el modelo, la inseguridad, la delincuencia no surgen de la nada, hay un sistema que las crea, un sistema deficiente que margina a una gran parte de sus miembros, los desplaza, los abandona. Y entonces se hacen frecuentes las visitas a las cárceles, celdas atestadas, organizaciones delictivas jerarquizadas, complicidad y cobertura de los mismos guardianes. Y otra vez: entradas y las salidas, reincidencia, y ahora por motivos cada vez más graves. Sucede que al finalizar la condena el recluso se estrella contra la realidad cruel, sin dinero, sin trabajo, sin una educación que le permita conseguirlo, sin vivienda, a veces abandonado por su familia. Sumado a esto no existe ningún presupuesto que alcance para una verdadera rehabilitación del delincuente, por lo tanto este sale peor de lo que entró. Un sección aparte merece la policía, pero no me voy a explayar en este punto solo me voy a limitar a decir que es este poder policial el que en los hechos maneja y gestiona la seguridad ciudadana. Es complicada su actuación, debido a que debe lidiar con la violencia, vigilar, disciplinar, normalizar las conductas, pero también creo que hay que “predicar con el ejemplo” y desgraciadamente nuestros oficiales no lo hacen, no nos inspiran confianza, no tienen una buena imagen que inspire respeto a la población. Finalmente el flagelo de la inseguridad nos afecta a todos, limita nuestros derechos más elementales como el derecho constitucional de transitar libremente. Como toda enfermedad curable debe hallarse su raíz y prevenir luego para que no regrese. Es decir proporcionar lo necesario para que los argentinos puedan desarrollarse plenamente en sus capacidades sin necesidad de perjudicar a sus co-ciudadanos, educar principalmente, en valores y en conductas humanas, y así entonces garantizar la seguridad social; esto sin ninguna duda debería ser una política de estado.

María Julia Grimaldi

Es estudiante de Relaciones Internacionales e integra la Cámara de Ciencia Política y Relaciones Internacionales del Centro Comercial e Industrial de Rafaela.

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