Caza mayor

Por Adán Costa.- La política suele usar a la historia para atender a sus necesidades presentes, aún al punto de deformarla, manipularla. Lo político, en cambio, se entiende con la historia, porque aprecia a sus presentes sin escindirse de sus pasados, los identifica como parte de un proceso común, de un mismo significado. Invitar a la evocación de los doscientos años de la declaración de la independencia a la representación política española, llamando afectuosamente “querido rey” a este rey emérito más afecto a la caza mayor de elefantes que a la política, o mandando a uno de sus ministros a que pida perdón a su empresa petrolera por los pecados cometidos en nuestro país, entiende más de cortesías blandas y de reglas de la diplomacia formal que de lo político. Dos ideas, repetidas como guión actoral, surcaron la celebración oficial del bicentenario de la independencia, hoy argentina, pero en 1816 sudamericana: “juntos” y “decencia”. La entrelínea que se puede leer fácilmente es que para estar felizmente unidos no necesitamos más que sacar de la escena política nacional a toda referencia del gobierno anterior como quien retira de un cajón de manzanas a la manzana podrida. No es nueva esta idea. Cualquier atento lector de “El Príncipe” de Maquiavelo haría lo mismo si le tocara actuar en esas circunstancias. Esto tampoco es nuevo, buscar la paja en el ojo ajeno existe desde tiempos que ya perdimos el rastro en nuestra memoria. Pero, a su vez, son ideas que requieren de un mínimo análisis contextual. Se habla y se hablará de la falta de transparencia de los otros pero jamás de la propia, en un ambiente cultural donde penosamente está legitimado tomar provechos sobre la cosa común, la cosa pública, llámese un funcionario estatal ante la obra pública, llámese un empresario constituyendo empresas off shore evadiendo tributos nacionales, llámese sub-declarar ganancias impositivas de cualquier hijo de vecino. Llámese también, por dar un dato histórico, declarar averías en los buques ingleses, holandeses y portugueses ante los funcionarios del puerto de Buenos Aires del siglo XVII, para así poder comerciar sus productos birlando el régimen de monopolio español.
Lo político es disputa. En 1816, al calor de las reuniones del congreso en Tucumán, enclavado en el punto medio de una cartografía de un país que iba desde el sur del Perú hasta el sur de Buenos Aires, desde los Andes hasta Montevideo, hubo disputa, pareceres, debates. Belgrano quería coronar a un descendiente de los emperadores incas, un medio-hermano de Tupac Amarú. San Martín, a través de los diputados Godoy Cruz y Santa María de Oro, pujaba por declarar la independencia de inmediato, para lanzar su epopeya a escala continental, en el mismo momento donde las restauraciones absolutistas en España amenazaban con recuperar sus territorios cuestionados. Pueyrredón, tenía una visión centralista del gobierno. Artigas, desde fuera del congreso de Tucumán, presionaba por incorporar una visión federal e integrada, una emancipación política, pero también social y económica. Lo político es asignar al concepto polisémico de independencia el significado de justicia e igualdad social, el de soberanía política ligado al de soberanía económica. Si no lo podemos entender profundamente como sociedad, la pretendida unión de los argentinos será otro subproducto más de la publicidad o de la mercadotecnia, mientras seguiremos evocando fechas patrias como en un acto escolar sin poder jamás pensarlas.

9 de Julio de 2016

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *