Casaretto: la lucha contra la pobreza, la droga y la corrupción

Por Rodolfo Zehnder.- En una Catedral colmada de público tuvo lugar la noche del viernes 16 de setiembre la charla ofrecida por monseñor Jorge Casaretto sobre “La cultura del encuentro en la vida de los argentinos”, organizada por la Comisión Justicia y Paz de la Diócesis de Rafaela, la Universidad Católica de Santiago del Estero-Departamento Académico Rafaela, y la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa. La presentación del disertante fue efectuada por el Obispo Diocesano, monseñor Luis Fernández, quien resaltó la personalidad de Casaretto a través de su fecunda labor al frente de distintos organismos eclesiales. Casaretto ofreció una interesante y prolija reseña de los aportes efectuados por la Iglesia a la pacificación y al desarrollo de nuestro país, distintas etapas históricas. Así, en breve síntesis recordó (en estos 200 años de la Independencia) que de los 29 congresales de Tucumán, 11 eran sacerdotes, índice elocuente de la incidencia de la Iglesia en el quehacer nacional. Memoró luego la figura de Fray Mamerto Esquiú, y su fecunda prédica a favor de sancionar la Constitución de 1853. Mencionó a grandes rasgos el proyecto de la generación del 80, con sus luces y sombras, sin dejar de advertir que, a pesar de sus errores y contrapuntos con la Iglesia por su vocación laicista, supo organizar a su manera lo que hoy es nuestro país. Señaló que un hito importante fue la celebración, en 1934, del Primer Congreso Eucarístico Nacional, que marcó el inicio de una etapa de presencia viva de la Iglesia en el escenario político-social. Memoró el rol de la Iglesia durante el peronismo, en las décadas de 1940 y 1950, y cómo se fue pasando de un apoyo inicial a una situación de dramático conflicto hacia 1954. Hizo hincapié en el enorme esfuerzo y aporte efectuado por la Iglesia para evitar la guerra con Chile por el conflicto del Canal de Beagle, en 1978, resaltando la figura del Cardenal Primatesta y del Nuncio Apostólico, así como la del entonces Papa Juan Pablo II (quien había sido recientemente elegido), lográndose evitar una lucha fratricida de resultados imprevisibles. Memoró los difíciles años 70, con un Episcopado dividido entre distintas posturas, y cómo, partir de la década del 90, quedó en claro la separación entre Iglesia y los gobiernos de turno. Mencionó lo conflictiva que fue la relación de la Iglesia con la dictadura militar que precedió a la recuperación de la democracia en 1983, recordando que en dos oportunidades la Iglesia pidió perdón por no haber estado, por parte de algunos de sus miembros, a la altura de las circunstancias, en una mirada retrospectiva de autocrítica que otros sectores no hicieron. Afirmó que el propio presidente Raúl Alfonsín, en reunión que mantuvo con el Episcopado cuando fue electo presidente y aún no había asumido, les dijo a los obispos que sin la colaboración activa de la Iglesia argentina no se hubiera podido lograr la ansiada recuperación democrática; recordando que en 1981, en plena dictadura, la Iglesia expuso el célebre documento “Iglesia y Comunidad Nacional”, donde se reivindicaba el valor de la democracia como único camino para superar la crisis y lograr el desarrollo de cada persona y de la Argentina como comunidad. Recordó también el gran servicio brindado por la Iglesia en las Mesas del Diálogo argentino celebradas en la dramática crisis del 2001, las cuales tuvieron al propio Casaretto como uno de sus actores principales; diálogo que, a pesar de que con el tiempo la preponderancia de los intereses sectoriales terminó por frustrar muchas de sus propuestas, sirvió en su momento para superar esa crisis tan profunda. Casaretto enfatizó sobre cuáles son los problemas más acuciantes de la hora actual, los más grandes desafíos, o “las anchas avenidas” por las que debería transitar el poder político para hacer de nuestro país un ámbito de plena realización individual y social, a saber: la lucha contra la pobreza, la lucha contra el narcotráfico (“no se puede eliminar la pobreza si no se elimina el narcotráfico”, afirmó), y la lucha contra la corrupción, que se ha constituido, lamentablemente, no en un factor que involucra solamente a determinadas personas individualmente sino en un factor cultural, inserto en la vida de los argentinos en todos los niveles, por lo que su eliminación resulta ineludible y difícil. Abogó también por reconstituir el valor de la familia, y por que el ambiente político se acostumbre a seguir a ideas, a valores, a programas elaborados por los partidos políticos tendientes a constituir verdaderas políticas de Estado, más que a individuos y personalismos casi mesiánicos que se agotan en la persona individual y no contribuyen demasiado al bien común. En definitiva, fue una charla amena, constructiva, esclarecedora, y esperanzada: Casaretto es un hombre de la esperanza, y a pesar de las enormes dificultades de la hora actual, que no tiene reparos en señalar, entiende que existen reservas morales que pueden contribuir a un futuro más promisorio.

Fuente: diario La Opinión, 18 de setiembre de 2016.

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