Autos asesinos

Las cifras hablan por sí mismas de la envergadura del problema, a lo cual tenemos que sumar las dramáticas consecuencias familiares de cada caso, las implicancias físicas y las secuelas emocionales que cada uno de estos accidentes produce en el seno de nuestra sociedad.

Por Alina Diaconú

Compartir:

En materia de tránsito, el año 2008 comenzó de una manera escalofriante: más de 50 muertos y 80 heridos fue el saldo de la primera semana de enero, con sus 33 accidentes graves producidos en las rutas de nuestro país. En ellos intervinieron 36 autos, 5 micros de larga distancia, 8 camiones y dos patrulleros.

A estos 33 accidentes, se les sumaron después varios más, igualmente trágicos, de los cuales dieron cuenta reiteradas veces todos los medios de difusión, totalizando, al terminar el mes, las terribles cifras de 136 muertos y 400 heridos. Y la tendencia no se detiene.

Las cifras hablan por sí mismas de la envergadura del problema, a lo cual tenemos que sumar las dramáticas consecuencias familiares de cada caso, las implicancias físicas y las secuelas emocionales que cada uno de estos accidentes produce en el seno de nuestra sociedad.

A propósito de esto recordábamos un par de películas de terror que hace ya varias décadas colocaban en un automóvil características diabólicas o asesinas.

Una de ellas se titulaba The Car, estaba dirigida por Elliot Silverstein, y databa de los años 70. En ella, un sheriff debía detener a un gran coche negro, indestructible y de origen desconocido, que aterrorizaba a un pueblo de Nuevo México. La otra película se llamaba Christine, era bastante posterior y fue dirigida por John Carpenter, sobre una novela de Stephen King. Ese film trataba de un auto perverso y aniquilador (un Plymouth Fury, rojo y blanco, de la década del 50) que “seducía” patológicamente a un jovencito de diecisiete años.

Claro que, entre nosotros, aquí y ahora, la realidad es otra. Los autos no son criminales de por sí (como en estas películas de terror), sino por culpa de quienes los manejan. El causal mortífero es humano, no sobrenatural. Y se produce según intervengan varios factores intrínsecos y, algunas veces, extrínsecos al hecho de conducir.

Según la Asociación Civil Luchemos por la Vida, en la Argentina ocurren 22 muertes por día en accidentes de tránsito. Estos accidentes constituyen la primera causa de muerte en menores de 35 años y la tercera sobre la totalidad de los argentinos.

Habría, en promedio, según datos de esta Asociación, más de 4500 víctimas fatales por año, unos 120.000 heridos y miles de discapacitados por esta causa. En 2007 se registraron en nuestro país muchos más casos: 8100 muertos en accidentes de tránsito.

En cuanto a daños económicos, las pérdidas ocasionadas por estos accidentes y por el tránsito caótico ascienden a miles de millones de dólares al año.

En la opinión de la licenciada en psicología Liz Alcalay, “en los últimos años hemos presenciado un gran deterioro en el cumplimiento de las leyes, que siempre intentan resguardar algún valor esencial para la vida y que necesitamos cumplir para convivir en paz y armonía. Vamos desarrollando cada vez mayor tecnología y se ve en los automóviles que funcionan a velocidades mucho más altas que las permitidas. Lamentablemente, este desarrollo no va acompañado por una evolución en la conciencia, que nos permitiría darnos cuenta de las consecuencias de nuestras acciones. De esta manera, estos maravillosos vehículos terminan transformándonos en peligrosas armas”.

Entre las causas de los accidentes de tránsito que provocan la muerte se cuenta, en primer término, el exceso de velocidad. Otros de los motivos son: el alcohol; la falta de descanso; el conducir de noche; la imprudencia; la distracción; no respetar las normas de tránsito; no usar el cinturón de seguridad, el casco en el caso de los ciclistas y motociclistas, las luces y los elementos reflectantes, etc.

Alguna vez leímos que los accidentes no son fortuitos. Y que el psicoanálisis interpreta –en muchos de los accidentes– una tentativa encubierta de suicidio que se da en el nivel inconsciente en los accidentados. Ya Freud escribía en Psicopatología de la vida cotidiana (“Torpezas o actos erróneos”): […] “Hay otra clase de suicidio, con intención inconsciente, la cual es capaz de utilizar con destreza un peligro de muerte y disfrazarlo de desgracia causal. En efecto, la tendencia a la autodestrucción existe con cierta intensidad en un número de individuos mucho mayor que el de aquellos en que llega a manifestarse victoriosa. Los daños autoinfligidos son regularmente una transacción entre este impulso y las fuerzas que aún actúan contra él”.

Podríamos hacer, pues, una lectura de este tipo en algunos de los casos en que, por medio del accidente, se atenta contra la propia vida. ¿Y cómo liberarse de inevitables culpas cuando los errores de manejo son propios y el que muere es otro?

Las derivaciones psicológicas de todos estos accidentes son muy complejas, muy intrincadas.

Complejas también son las causas que los provocan. Porque así como frecuentemente los motivos se encuentran en los conductores de los vehículos, y en sus distintas fallas, también las causas pueden estar en los factores climáticos, en el estado de las rutas, de los vehículos, en la falta de controles y en la de educación vial. Asimismo, muchas veces, la culpabilidad no es del que maneja, sino de los errores de otros conductores.

De todos modos, y a la luz de lo sucedido, lo importante sería empezar a concientizar más acerca de este tema, que nos involucra a todos y en el cual nos jugamos ni más ni menos que la existencia. Porque, según Luchemos por la Vida, el 85% de los accidentes fatales se produce por errores humanos, y no por las otras causas.

“El tránsito es un reflejo de cómo circulamos, cómo nos movemos y cuando lo hacemos cómo nos tratamos y cuánto nos respetamos a nosotros mismos y a otros –agrega la licenciada Alcalay–. Cuando los valores se pierden en una sociedad, los síntomas más claros y evidentes son la corrupción, la impunidad y la violencia en todas sus manifestaciones.”

La palabra automóvil se articula en su inicio con el prefijo “auto”. Obviamente, “automóvil” quiere decir “movilidad por sí misma”. Pero se nos hace que “auto” también puede significar, en este caso , “yo”, “ego”, “self”. ¿Qué hay más autorreferencial, entonces, que un automóvil?

Hablaría de la propia identidad, del propio poder, de la propia personalidad.

Y si es así, si el auto tiene tanto que ver con nuestra identidad y nuestro modo de ser y actuar, con nuestro individualismo y nuestra conducta, ¿son los accidentes accidentales?

La autora es escritora.

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 1 de febrero de 2008.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*