Aquella nación con dos Estados

Al aceptar el Premio Rioplatense, otorgado anualmente a una trayectoria por los Rotary Club de Buenos Aires y de Montevideo, el ex subdirector de La Nacion hizo las reflexiones que siguen.

Por José Claudio Escribano

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Tengo para ustedes un agradecimiento. Lo comparto, cómo no, con la perplejidad de que el Premio Rioplatense se haya abierto en 1960 con Bernardo Houssay. ¿Qué más acertada elección que la de haber comenzado con un investigador eminente, premio Nobel de Medicina?

Da vértigo observar lo alto que pusieron la vara los legatarios en el Río de la Plata de Paul Harris y de sus principios de solidaridad mundial. Después la nómina se ha poblado con figuras que no me son ajenas. En algunos casos las frecuenté y trabé amistad con ellas. Esa amistad ha sido tributaria de las caudalosas vivencias que hay al alcance de un periodista con curiosidad y ánimo de andar, ver y sentir.

Arido es el planeta de los periodistas con vulgar alma de burócratas.

Hasta una altura de la vida, los premios constituyen estímulos para continuar la tarea. Más adelante, podrán denotar una amable y respetuosa despedida. Dependerá de cómo resuenen para el recipiendario. A juzgar por los nombres anotados en su galería, siento que hay en este Premio Rioplatense algo de vaga exposición o muestrario de museo. Sin duda, honra, pero no iguala. Tiene menos de rasero que de discrecionalidad generosa. En su juego de equilibrios, el destino neutraliza discrecionalidades de signo vario.

Es el modo con el que sorprende y nos mantiene alertas en el rítmico subibaja de la vida.

La inteligencia alcanza, con ser apenas de nivel corriente, como razonable punto de partida en la existencia humana. Sin ir más lejos, en la vida de un periodista. Pero más privilegia la determinación del carácter. O sea, la voluntad enhiesta. Y de poco serviría ésta sin que la asistiese una perseverancia recia. En la más extrema de las horas, Churchill se plantó con tres palabras: In defeat, defiance. Ante la derrota, desafío.

Debo entender que la premiación que han hecho ustedes hoy es a una constancia de medio siglo en la Redacción que Mitre inauguró en 1870, cuando en el Plata sólo se publicaban noticias del mundo semanas después de ocurridas. La instantaneidad estaba amarrada a la morosa marcha de vapores que, indiscriminadamente, traían mercaderías, alimentos y… noticias. Fue a partir de 1877, con el tendido del cable submarino con Europa, cuando empezaron a publicarse informaciones del día anterior.

Entré en la Redacción del diario a los 18 años, sin tiempo todavía para haber cursado una sola materia de Derecho, disciplina que todavía en aquel tiempo constituía, con Letras y Filosofía, una de las tres dominantes entre quienes aspiraban a hacer del periodismo un modo de vida. O un modo de locura, por la obsesión con la cual contagia lo que García Márquez llamó “el mejor oficio del mundo”.

Por aquellos años, el comportamiento colectivo de los periodistas era bastante más bohemio e inorgánico que el de ahora, de un profesionalismo sistematizado y exigente. Sobraban voluntarios para navegar por ríos etílicos.

Los periodistas solían convivir con la propia condición de estudiantes crónicos. Más que por años, por lustros. Hasta que abandonaban, en esperanzas jóvenes, la ilusión postergada: “No dejes de estudiar; aunque con lentitud, no pares. Sé por qué lo digo”.

Cuántas razones para agradecer la sabiduría final de aquellos veteranos colegas.

Pero se leía. Se leía dispersa e infinitamente. En ese menester, un maestro inolvidable de los comienzos ripiosos del periodista fue un uruguayo, Augusto Mario Delfino. Un autodidacta que lo había leído todo. Había cursado apenas, menos aún que Sarmiento, hasta el tercer grado de la escuela primaria.

Lo evoco con emoción entre sus coterráneos. Delfino había nacido en 1905, en Montevideo. Fue el cuentista de Fin de siglo y de Márgara que volvió de la lluvia. Cuando Gerardo Matos Rodríguez comprendió que La cumparsita pedía letra, hizo varios requerimientos. Uno fue a su amigo Delfino. Me regaló la copia, que en algún lugar conservo, de los versos que había escrito para el tango más mentado.

A los 13 años, Delfino era el chico que llevaba y traía originales de un diario de Montevideo. Lo que para la autoridad laboral hoy sería un motoquero irregular. Al ir una noche al estadio de box, a fin de retirar las primeras impresiones de un cronista, debió ocupar el lugar de éste, indispuesto. Así de temprano empezó Delfino su carrera. Natalio Botana lo llevó a Buenos Aires. Pasó por Crítica, por La Razón, se integró al grupo de escritores mantinfierristas y, en 1936, recaló en La Nacion. Allí lo encontró la muerte, en 1961. Voto por él como el mejor redactor entre nosotros.

Por veinte años Delfino se ocupó para La Nacion de las actividades de la Unión Cívica Radical. En violación de las leyes que prohibían los juegos de azar, el jefe partidario, el ex presidente Alvear, zanjó una noche enardecidas discusiones internas sobre una lista de candidatos a diputado. Dispuso que a partir de cierto puesto el orden sería con arreglo a cómo salieran los nombres anotados en papeletas del rancho inapelable con que Delfino cubría su cabeza. Y fue así.

Acudo a un hecho del que fui testigo –y del cual Delfino fue protagonista central– para responder si en el periodismo, en esencia efímero, hay prosas clásicas. Era casi una medianoche, en julio de 1957, cuando el secretario general de Redacción irrumpió en la sala del diario y, como quien llama a zafarrancho de combate, gritó en nuestra jerga: “Delfino, ha muerto Ricardo Rojas. Entiérrelo”.

Delfino se reacomodó en la silla. Encendió un cigarillo (entonces había edificios de diarios llenos de humo), encaró la máquina de escribir y pidió a un par de muchachos que seleccionáramos el material que hubiera en el Archivo sobre el autor, entre otras obras perdurables, de una vasta historia de la literatura argentina. Ustedes lo saben: la historia sobre la cual Borges dedujo con malicia que era más larga que la literatura argentina misma.

Sin ser leídas, y menos corregidas, las carillas de Delfino salían disparadas de su máquina en dirección al taller, para convertirse en el plomo de las linotipias. Horas después, en Buenos Aires se hablaba de la gran necrología sobre Rojas publicada por La Nacion.

Al cumplirse treinta años del suceso resolví releer las dos columnas de aquel texto de Delfino. Insuperables. Con la frescura de la planta que el labriego acaba de arrancar del huerto. Eso es clásico. El triunfo de la obra sobre el tiempo.

Con la invocación de Delfino he ido anotando algunas exigencias de nuestro oficio. Solidez en el bagaje cultural, con tiempos que ahora demandan su articulación a través de una espina dorsal de conocimientos adquiridos en casas de altos estudios y no de a ratos sueltos. Celeridad en la realización del trabajo. Acometerlo bajo la tensión del error que acecha en la tilde mal omitida o, peor, en el escándalo que no tendrá arreglo. La gente que es dada por muerta cuando en realidad goza de buena salud no se conforma con la explicación de que ha sido por un trajín vertiginoso que ha quedado inesperadamente, indocumentadamente, reducida a la nada.

Cuando entré en La Nacion había, como rémora curiosa del pasado, redactores incapaces de escribir a máquina. Alberto Gerchunoff –el gran Gerch de Los gauchos judíos– no supo nunca entregar si no manuscritos de letra descifrable sólo por algunos operarios gráficos de llamativa intuición. Ante la complejidad de sistemas electrónicos que apabullan por la astucia de la renovación constante, lo que asombra ahora es que por esa vía se crucifiquen a diario, sin mayor dolor aparente, las nuevas generaciones de periodistas.

En 1957 utilicé el primer télex que hubiera estado nunca a disposición de redactores del diario. En 1991 me tocó dar de baja el último artefacto de esa índole. Habían pasado apenas 34 años. Desde entonces la informática ha estado en revolución permanente.

En el punto actual de la transformación de las comunicaciones y de los comportamientos colectivos en el consumo de noticias es natural hacerse algunas preguntas.

¿Cuál es el destino de la prensa gráfica? Wall Street comienza a retacear inversiones en esa industria. Confío, sin embargo, en la supervivencia del periodismo escrito de calidad. Confío en los diarios de la jerarquía internacional de La Nacion, bienes de una cultura nacional.

Circularán en un mundo cuyo futuro será más y más distinto de lo que era, por decirlo con palabras de Julio María Sanguinetti. Las marcas acreditadas por su prestigio seguirán siendo, como son hoy, indispensables prendas de confiabilidad ciudadana e institucional, auditoras –sin costos, bien se ha dicho– de gobiernos y sociedades.

Internet, la industria de los celulares, lo que fuere, lejos de ser enemigos irreductibles del periódico, son aliados que abren posibilidades inimaginables pocos años atrás y que generan recursos renovados a las empresas editoras.

Nuevos fenómenos por doquier. El martes último entró en Londres en circulación un nuevo diario gratuito. Ahora son cuatro, mientras que en España este tipo de prensa ocupa una parte mayor del mercado que la que es paga.

¿Periodismo “macdonalizado” versus periodismo de excelencia? Lo que importa es la fidelidad a la naturaleza elegida. Desde el siglo XIX se probó que había lugar para los diarios de compromiso partidario y para la prensa independiente de fracciones políticas y, sobre todo, libres de ataduras con los gobiernos de turno.

Mitre, fundador de La Nacion, nunca abandonó el periodismo de combate doctrinario desde que lo abrazó en El Iniciador y en otras publicaciones montevideanas siendo un muchacho de 17 años. Lo hacía hasta en versos alejandrinos. Experimentación que nadie reclama ni del más ilustre columnista contemporáneo.

En el cementerio central de Montevideo hay una bóveda en la que descansan los mayores de Mitre, fundadores de Montevideo y Santa Lucía. Está su padre, Ambrosio. Como tantos uruguayos con los que compartió amistad y luchas, Mitre fue un liberal permeable a cambios prenunciados por la revolución de 1848 en Francia. Se identificaba con Lamartine, poeta de la revolución.

El liberalismo decimonónico dejó una impronta civilizadora en el Río de la Plata. No ha habido degradación autoritaria, militar o civil, ni espasmo de populismo sulfuroso capaz de borrarla.

En la plaza frente a la cual se sitúa La Nacion en Buenos Aires hay un monumento a Giuseppe Mazzini. Ese monumento es anterior a cualquiera de los que después se levantaron en Italia en homenaje al fundador de la Joven Italia y de la Joven Europa, liberal por antonomasia. Era una señal inequívoca de lo que significaban el concepto de república y de unidad de ideales nacionales para Mitre y para la generación de uruguayos y argentinos que lo tuvo entre sus figuras eminentes.

Este liberalismo hizo posible el progreso, la libertad, la división de poderes, la igualdad de oportunidades sin distinción de razas o de credos. Estimuló la educación popular y la movilidad social. Así convocó el Río de la Plata la admiración del mundo y la inmigración de la que somos herederos. Así también el mundo observa hoy, pero con estupor, que América latina se asemeja cada vez más a Africa, pero con índices de crecimiento anual menores e irredenta de utopías sin lugar, es cierto, en los países ejemplares del continente.

Nada debe inferir una herida irreparable al fenómeno social y político del Río de la Plata que configuraron argentinos y uruguayos. Nunca se ha dicho con mayor razón que somos una nación asentada sobre dos Estados que la expresan. Compartimos las principales esencias que caben darse en la Humanidad. Compartimos el primer elemento que define una cultura, la lengua, y, por añadidura, la asumimos con matices comunes que la enriquecen y diferencian –otra vez la italianidad– entre los pueblos que hablan español.

Brindemos por la hermandad inquebrantable de aquella nación con dos Estados.

El autor estuvo en Rafaela en 2004 y disertó sobre “El mejor oficio del mundo” organizado por el Círculo de la Prensa de Rafaela.

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 14 de setiembre de 2006.

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