Alcides Castagno: «ver a Dios en el otro…»

Por Gonzalo Rodríguez.- Nos abrió su casa, su corazón y contó detalles de una Rafaela fantástica. Su caracterización de la ciudad y sus habitantes, su formación intelectual y espiritual y su gran pasión: el periodismo y los medios de comunicación. Y muchas definiciones únicas, inteligentes y humanas: «la sociedad te prepara para llegar, pero no para retirarte». Lo atrapante y complicado de encarar entrevistas «libres», sin un hilo conductivo, que se van construyendo a medida que transitan, es que obligan al cronista a estar al 100% en todo momento, a tener los sentidos alineados, a no perder la concentración. Si el protagonista elegido es Alcides Castagno esa atención se vuelve inestable, se multiplica y empieza a rebotar en todos los rincones. Su mensaje te lleva a imaginar cada situación, te transporta a cada hecho. Y te educa, en todo momento, por la calidez del entrevistado y por su erudición, inalcanzable, única. Alcides empieza por donde quiere y demostrando que en algo al menos se parece a cualquiera de nosotros, arranca por donde lo haría usted o yo: su pasión. El periodismo sin dudas lo ha perseguido a lo largo de su vida y él se ha dejado alcanzar, como corresponde. «Soy de la época del periodismo aséptico, que trataba de no involucrarse de ninguna manera. Ver la realidad como espectador, reflejarla, pero sin meterse. Cuando estás entrevistando a alguien sí te metés en sus problemas, pero después lo ves de afuera, lo reflejás. Uno no podía dejar de sentir a favor o en contra de alguien, pero eso crea una especie de telón, de velo, una especie de deformación o formación profesional. Tratabas de reflejarlo de la mejor manera posible. Vos ponías el corazón para entender al otro, para escucharlo, para sentir lo que él sentía en ese momento. Pero después no te sentías con derecho a cuestionar, a disentir o consentir lo que decía. Simplemente le sacabas todo lo que podías para que eso llegue al público. Esa fue mi escuela, que no coincide con la de ahora, más apasionada, más subjetiva. Ya no es un operador pragmático, un operador que quiera o no refleja qué está pensando». -¿Cuál criterio es mejor? -Para mí, el mío. Para los demás, el otro. Mis actuales colegas no lo entienden así y tienen sus razones. Ellos se han formado y se siguen formando dentro de una escuela de opinión, activa. Para mí es mejor lo otro porque el televidente, el radioescucha, el lector no tiene por qué estar condicionado a lo que vos pensás o creés. Cuando yo empecé éramos 4 o 5, había 3 medios en la ciudad. Había que cuidarse mucho porque cada opinión repercutía muchísimo no sólo en el medio. Dar una opinión significaba involucrar al medio en una corriente que a lo mejor no era la que el medio quería. Uno trataba de ser lo más equidistante posible. Lo más objetivo, si la objetividad puede llegar a lograrse en algún caso…

Nuestra controvertida y referencial «apatía» Castagno es una personalidad ideal para seguir buscando la caracterización histórica del rafaelino. Para ello apelamos a una figura: el porteño con ademanes del siciliano o napolitano. Sigue Alcides: «vos hiciste una relación porque el porteño y el siciliano y napolitano están muy influenciado por los puertos. El puerto del sur de Italia desembarcó más en Buenos Aires y además de desembarcar mercadería desembarcó gente. Esa gente dejó su sello. Los que desembarcaron para llegar a esta región vinieron más del norte, muy distinto al sur. Son más fríos, más concentrados en lo suyo, más materialistas, menos festivos. A eso se sumaron los alemanes y los suizos, también con idiosincrasia bastante parecida. Vinieron pocos españoles, algunos andaluces pero no tanto, como para interferir a la idiosincrasia del europeo del centro. El rafaelino tiene mucho de esa mezcla del laburador concreto para lograr dejar su sello a la familia, para que la unidad familiar no se destruya y se perpetúe, padres que dividen equitativamente a los hijos sus bienes. Eso originó el minifundio antieconómico, porque de tanto dividir las unidades cada uno de los hijos se quedó con un pedacito de tierra, que no servía para huerto ni para agricultura, no era ni intensivo ni extensivo. Entonces se dedicó más al tambo, que requiere menos espacios, es más tangible. También mezclaban ganadería con tambo y después la agricultura. Pero el tambo fue la exigencia cotidiana, las madrugadas, el esfuerzo». -¿Esa concentración en el trabajo, en el esfuerzo, en el ejemplo, determinó esta «apatía» del rafaelino? -Sin duda. La energía fue puesta en los resultados, en hacer. La diversificación de los recursos económicos se dio como en pocas partes. Aquí se dio toda una generación que empezó con frigoríficos y lácteos, es decir la industria agroalimentaria. Pero después apareció la metalmecánica, por ahí aparecieron las malas para la leche, para la carne y dijeron «qué hacemos?». Hubo una industria que empezó con pequeñas cosas, vinieron los Basso, Valsagna, Beninca, Vottero, Valvo, gente que pensó «por qué no lo hacemos nosotros?». Se hacían un viaje a Europa juntando monedas y allá copiaban cosas. Esos se esforzaron y armaron un panorama industrial. Los hijos no se dedicaron a otra cosa, se dieron cuenta que no podían arreglarse solos. Empezaron las misiones al exterior, a visitar las ferias, a armar la cámara de industriales, de exportadores, cuando la exportación era todo un misterio. La segunda generación es autora del desarrollo industrial rafaelino que sobrellevó incluso los momentos más críticos. No hubo tanta desocupación cuando el país lloraba, nunca llegó aquí a dos dígitos. Cuando no funcionaba una cosa, funcionaba la otra. La segunda generación supo heredar aquel esfuerzo, el sacrificio, el viajar, el inventar. Ahora se ven los resultados. -Esa Rafaela hoy convive con otra, muy distinta. -Rafaela se fue diversificando. Por el aporte y advenimiento de las migraciones internas, que es de hecho incontrolable aquí y en todas partes. Vos no podés decir «usted venga, usted no venga». La gente que no tenía venía rodeada de inseguridad por el cierre de los ferrocarriles, por el cierre de industrias grandes en distintos lugares. Se había corrido la voz que en Rafaela todo era fácil y había para todos. Poco a poco fue sabiéndose que ya no era para todos, había que esforzarse. Un fenómeno interesante fue la construcción de viviendas. Los planes hicieron que los cordones de miseria que se habían empezado a formar en los bordes de las vías, en el Villa Podio y otros lugares, las facilidades y el hecho de decir «la vivienda está pero si la hacen ustedes y la van a pagar con facilidades pero la van a pagar». Esos planes de vivienda le dieron raíces y las raíces en el hombre, en un ser naturalmente gregario, nómade por necesidad, al ver que podía tener su casa dijo «este es el lugar, aquí me quedo y aquí lo defiendo». Hay una gran población que vive en ese concepto y que se puso a trabajar, contrarrestando el otro, el nómade, el oportunista que vino a ver cómo podía hacer para establecer los bolsones de vicio, que también se produjo y también están. Yo he ido a villas, a charlar con la gente, a compartir los sueños, a ver cómo lloraban al inaugurar sus viviendas, cómo sentían esa emoción de tener un lugar para sus hijos. Cada una de esas inauguraciones eran llenarse el corazón de alegría y de emoción al mismo tiempo. Después hay gente que tergiversa todo con el vicio, la delincuencia, el hombre es bien y mal. Esas realidades conviven en Rafaela y van formando ese concepto general de que la cosa hoy es distinta. -¿Y te gusta esta Rafaela? -La amo profundamente. Me duele en algunos aspectos. Una realidad política es que los «ismos» no han hecho una caladura tan profunda como en otros lugares. Los «ismos» como el peronismo, el capitalismo, como el socialismo. Los gobiernos han sido de un peronismo rafaelino, un «rafaelinismo» que yo lo llamé en su momento el «peronismo de ojos celestes». Fue un peronismo que en el tándem Perotti – Peirone – Castellano no tuvo demasiados altibajos. La historia se va a escribir de distintas maneras, ahora vienen los cambios, vienen los procesos, los distintos puntos de vista. Las realidades económicas, sociopolíticas, se mezcla mucho toda la combinación y la necesidad de negociar plantea nuevas realidades. El tiempo dirá.

Un acompañamiento cultural Alcides nació en Roca y a los 7 años vino a Rafaela, a la casa de sus abuelos, para ir al colegio. Luego entró en el Seminario del colegio Guadalupe, en Santa Fe, donde estuvo 4 años como seminarista. Entonces aclara: «Eso me dio una base espiritual e intelectual suficiente, no sé si suficiente… Pero abundante como para afrontar una personalidad propia porque ahí la formación era la base espiritual humanista, que te obliga a estudiar. Entonces nunca terminé el secundario. Pero eso hizo que me obligara a mí mismo a investigar, a preguntar cada cosa. El latín que estudié me dio pie para la etimología, para el idioma, la escritura, para leer y comprender, para escribir y expresar. Esa formación humanística hizo que después trabajara con el teatro, en los ´60, con la música, con las letras. Esa formación me dio pie para intercambiar con gente de mayor instrucción que yo, siempre con el deseo de aprender y de buscar. Eso es mérito de los otros, no mío, porque tuve que saber por necesidad, para poder conversar con alguien». -¿Esos eran tus únicos intereses en esos años? -Al mismo tiempo tuve que emplearme en un estudio contable, de cadete, aprender a escribir a máquina, hacer los mandados, los bancos, conocer mucha gente. Empezar a ver cómo pensaba un campesino, un industrial, un comerciante, un empresario. Alternar con el teatro, ahí conocer la que fue después mi esposa, a mis amigos y a gente con la que alterné mucho tiempo. Aprender de Balbi, de Nari, de Abdala, de Comtesse, de Laserre, de tantos que fueron pasando alrededor. Uno escuchaba, aprendía. -¿Qué trabajos hiciste? -Uu de todo. Empecé en esa oficina, después trabajé con Víctor Valsagna en su negocio de hacienda, atendía un poco la administración. Pasé a Edival, me vino a buscar una vez no sé por qué razón Edison Valsagna, estuve 5 años. Empecé administrando el depósito, llegué a gerente administrativo, procesos de lucha con las multinacionales. Una época de mucho sacrificio, de pelea, donde hubo problemas, el dueño de la fábrica de ese momento quería desarmar los sindicatos, entonces una lucha interna bastante cruenta en algunos aspectos. Me fue desgastando bastante hasta que un día no quise más. Una salida bastante traumática que coincidió con la creación de la radio LT28. Yo había empezado a escribir algunas cositas, Lolo Bauducco me invitó a que trabajara para él, haciendo textos y esas cosas. Dije «qué hago», si agachaba la cabeza allá tenía un futuro industrial bastante importante. Pero entre el tener y el ser, elegí el ser. Y empezar denuevo en la radio, con el periodismo, que se transformó en mi pasión, después una serie de avatares, seguir aprendiendo. Eso me llevó también a que me invitaran a participar de la creación del canal de televisión de Rafaela, el sistema de cable, me gustó la idea, me involucré, seguí aprendiendo, copiando un poco qué hacían los otros, creando, inventando, escuchando. En el escenario.

O en primera fila La charla fluye como si no hubiera otra cosa. Es incontrolable, se pierden todos los tiempos. En cada frase, un descubrimiento, el encuentro con nuestra historia misma. Todo con la palabra justa, el verbo exacto, la metáfora quirúrgica. Detrás de Alcides una computadora, un programa de edición de video y una profesión (periodística) que no se extinguirá jamás. Tal como él lo va a dejar en claro en las siguientes expresiones. -Luego de tu formación como seminarista, ¿no pensaste en consagrarte dentro de la Iglesia? -No, después de eso no. No dedicarme «institucionalmente». Pero sí dejó una marca que me sirvió en el trato con la gente. En ver a Dios en el otro, ver que el otro, todos, algo me tenía que decir. Dios me estaba hablando por intermedio del otro, el más ordinario, el más agresivo, el más bueno, el más tierno, la mujer más dulce o la mujer más loca. En cada uno de ellos hay una palabra que a mí me tiene que formar. Por bien o por mal, por catarsis o por lo que sea. Eso me sirvió mucho, incluso para respetar en el otro la esencia, donde no es solo un montón de carne con pelo que emite sonidos, sino que es un alma que se está expresando. -¿Qué personas te conmovieron, te impactaron, te marcaron para toda la vida? -Sí, no sé si precisar a alguien en particular. Cada uno te deja una impronta. Me signó la visita y el contacto con la Madre Teresa, por lo que ella significaba, el contacto fue un saludo, el tocarle la mano y tomarme una foto. Monseñor Zazpe, con el cual conversamos varias veces y nunca salías igual que como habías entrado, aunque él no se lo proponga y no lo sepa. Gente de todo tipo, en materia cultural, Fortunato Nari por ejemplo, en otros aspectos Virgilio Cordero, se van asomando gente con quien tuve contacto, gente que trabajó conmigo. Gente que se adhirió a lo que yo hacía, ya sea haciendo lo mismo o contradiciendo. Esa cantidad de gente hace que cada uno vaya dejando un poquito y el haber tenido la oportunidad de ver la realidad dentro del escenario o en primera fila. El trabajo periodístico hace que vos estés en la cocina de la cosa, por eso nos cuesta tanto salir. De estar dentro del escenario a ir como espectador a la última fila es un fenómeno para el cual no estamos preparados. La sociedad te prepara para llegar, pero para retirarte tenés que arreglarte solo. No todos pueden hacerlo, a mí me cuesta muchísimo. Siempre me acuerdo de lo que decía Julián Marías: «debes hacer lo que te place y si por eso te pagan, mejor». Abracé esto, con la compañía de toda una familia que responde, con un concepto cultural familiar contenedor es mucho más fácil. -¿Te das cuenta que sos un tipo muy querido? -No sé, no sé si conozco tanta gente. A lo mejor me relaciono con los que me quieren (risas) o con los que quiero. Como yo trato de querer a la gente, de ser un motivo de paz, de armonía donde valla, con la herramienta del humor o de lo que sea, de la comprensión y de la convivencia, eso ha hecho que mucha gente sonría cuando llego o se alegre de verme. También discutimos bastante con alguna gente, pero casi siempre terminamos en buenos términos. -Tratá de viajar mucho, siempre estás yendo, pero siempre estás volviendo. ¿Rafaela es tu lugar, definitivamente? -Sí, sí. En algún momento mi hermano mayor, que se fue a Chile a trabajar como guionista de televisión y demás, me invitaba a ir porque se casó allá y se radicó allá. Estuve tentado algunas veces, pero ya había echado raíces, los afectos pudieron más y los lugares donde uno está hicieron que esta sea mi patria. Aunque ahora la mayor parte de mis hijos están fuera de aquí siempre vuelven y sé que de grado no me iría. A lo mejor por fuerza en algún momento me tendré que ir, por alguna razón. Pero creo que este es el lugar donde me puedo quedar a morir.

Fuente: diario Castellanos, Rafaela, 26/12/2017.

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