Abuso de la memoria

“Los padres, la patria, la tierra natal… no se vuelven familiares a no ser que se perciban -en un cierto sentido- como parte de uno mismo, como constitutivos de uno mismo. Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos” (G.K. Chesterton).

Por Luis Antonio Ferrero (Rafaela)

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El título de un libro de Todorov -reciente Premio Príncipe de Asturias- Los abusos de la Memoria, quizás podría servir como un buen punto de partida para caracterizar la devastación que de la memoria de los argentinos lleva a cabo la Matrix progresista, recostada en el cálido regazo del amo de turno, para alimentar, falacia tras falacia, su sola devoción por el poder que tanto la fascina. Este intelectual -comenta el periodista Fernando de Haro- de origen búlgaro recuerda lo que sucedió en los años 50 cuando, muerto Stalin, los comunistas europeos que habían denunciado con toda precisión el horror de los campos de exterminio nazis y la iniquidad de la Shoah, no querían aceptar las noticias sobre el genocidio soviético de los gulags y de la “deskulakización”. Es lo mismo que otro autor francés, F. Furet, corrobora en un interesantísimo libro, El pasado de una ilusión (F.C.E., 1995). Es probable que estos intelectuales -ahora travestidos en burócratas y ganapanes culturales- tampoco puedan considerar hoy a un gran autor ruso, uno de cuyos libros en estos días aparece a la venta en librerías de Argentina: Vasili Grossman. Esta obra, Vida y destino (Edic. Lumen, 2008), narra los horrores del totalitarismo estalinista -de cualquier gobierno de este tipo, así sean también las hodiernas democracias de rasgos totalitarios-, pero también toda la grandeza del corazón humano que permanece viva aún bajo aquel horror. Tras la lectura de las páginas de Grossman -como afirma de Haro comentando los últimos años de la historia de España, desenterrados ahora por el vedetismo justiciero de Baltazar Garzón- se hace difícil sostener una memoria tan parcial de nuestro reciente pasado nacional, en la línea de lo alimentado por la actual administración nacional en torno a reivindicar parte de ese pasado, y sólo una parte. Estos “abusos de la memoria”, esta memorización forzada, que con tan teatral premura y dedicación impulsan de modos diversos. La pretensión de objetivar el mal, como algo externo a mi persona, no se compadece con lo que los hombres somos. Como también afirma Todorov, “el mal está presente como algo que todos somos capaces de hacer. El error está en considerarnos víctimas inocentes y ver a los criminales como monstruos ajenos a nosotros”. Es por todo ello que necesitamos dejarnos golpear por los hechos -todos ellos- sin buscar pobres revanchas o distraídas exculpaciones. El realismo de reconocer que el mal está en todos nos ayudaría a sostener -parafraseando al socialista Joaquín Leguina- que “las víctimas de los dos bandos de nuestra guerra de los setenta son víctimas de todos los argentinos”. Para recuperar esta mirada, que es natural a muchos de nuestros connacionales, hay que atreverse a apreciar críticamente una verdadera laicidad en nuestra vida social. La palabra laico se refiere a aquello que es propio del pueblo. Lo laico es lo que puede mantener viva la unidad de un pueblo. “La democracia no es solamente un sistema de reglas, es una orientación ideal hacia una sociedad libre y justa. Cuando quiere realizar ese objetivo por sí misma, se vuelve totalitaria”. La respuesta al “abuso de la memoria” o, lo que es lo mismo, al “abuso del olvido” -que son propuestas para destruir esa laicidad que, por otra parte, hizo posible nuestra vida nacional-, no está en hacer balances sin amor, ni en recuentos de muertos ni en juicios ejemplares, que más se parecen a ejecuciones que a serios intentos de una búsqueda dificultosa, ardua, de la verdad. Está en la experiencia que suscita la lectura de un autor como Grossman: la evidencia de que el mal no está fuera de nosotros. Y la certeza de que la grandeza del destino del hombre es mayor que cualquier injusticia. Y en la unidad con cualquier persona que tenga aquella evidencia y esta certeza. Con cualquier hombre que quiera volver a aprender “que existen cosas por las que vale la pena sufrir, y que las cosas por las que eventualmente se sufre son aquellas por las que vale la pena vivir”, como dice el checo Jan Patocka. ¿Qué cosas?

Luis Antonio Ferrero

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