“¡A galope tendido, corazón!”

Esta nota fue publicada el 7 de febrero de este mismo año, en páginas interiores y con formato de columna de opinión. Casi diez meses después, y ante varios pedidos de lectores, hemos decidido reiterarla sin cambio alguno. Es que, lamentablemente, a pesar del tiempo pasado, nada ha variado en nuestra ciudad. Y la pérdida de valores esenciales, como el orgullo y la pasión, se nota cada día más.

Por Oscar A. Martínez

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Nunca me interesé por las carreras de caballos. Yo, que soy un apasionado de los deportes. De los que sigo como tales. Y de los que me deslumbran como espectáculo. Las veía como algo solamente emparentado al juego, pero al juego monetario, a las apuestas. Y entonces me llegaban más los escándalos por fraudes económicos, los casos gangsteriles de dopaje y hasta los accidentes, fatales o no. En otras ocasiones, casi peores, veía que los noticieros profanos que se asomaban a los grandes acontecimientos hípicos, sólo mostraban los rebuscados sombreros de las damas o el calibre de los puros que fumaban los hombres que luego se enloquecían, apenas se abrían las gateras, apretujando en sus manos boletos que significaban dinero. Mucho dinero. Pero nadie, o mejor dicho, casi nadie, hablaba una sola palabra de epopeyas deportivas. Hasta que un domingo de diciembre, en el que el tiempo se estiraba en la tarde porteña porque la Copa Davis de tenis me daba respiro, decidí que era bueno conocer un hipódromo. Y entré, con absoluta desconfianza, al mágico mundo de San Isidro para presenciar un Carlos Pellegrini. Entonces sentí el olor a pasto mojado, a establo, a cuero, el tamborileo afelpado del galope sobre el césped, las voces y los gritos excitados de la gente a quien esta vez evité mirarles las manos, la robusta gallardía de los caballos, las chaquetas coloridas de los jockeys, la agitación combativa de las fustas en la recta final, la emoción de la incertidumbre por lo que ocurría en ese instante. Precisamente en ese instante y nunca más. Y, por último, el delicioso estruendo de la cabalgata que se acercaba con el fragor de una tempestad, aturdiendo al pasar, para luego alejarse hacia el disco del final. Sentí todo eso junto sin la necesidad de jugar un solo boleto, un poco por desconocimiento, otro poco por la desconfianza inicial y mucho más por la escasez de mis recursos económicos. Y no me arrepentí. Ni de entrar al hipódromo, cosa que aún celebro. Ni de haber evitado el dejarme tentar por el juego económico porque ello, quizás, hubiese condicionado mis sentimientos. Desde esa tarde, entonces, mi óptica cambió respecto de las carreras de caballos. Claro que después debía buscar algún relato de epopeya deportiva relativa a los caballos para terminar de afirmar mis sentimientos. Y lo encontré viendo la estupenda película “Alma de héroes”, nominada en su momento a siete premios Oscar, y basada en el libro apasionante de Laura Hillenbrand. Se trata de la historia de un caballo con pasta de héroe llamado Seabiscuit -nombre original de la película- que en los años treinta, en plena era de la Gran Depresión norteamericana, se convirtió en un personaje más popular que el mismo Franklin Delano Roosevelt. Gracias a la coalición de tres insólitos talentos -un reparador de bicicletas que se hizo millonario vendiendo autos, un entrenador que le susurraba a los caballos pero callaba ante los humanos, y un jinete tuerto que intentaba por todos los medios disimular su defecto para no perder montas. Seabiscuit pasó de ser un caballo perezoso y lánguido a un tremendo guerrero de las pistas, tanto que derrotó a la más rancia aristocracia equina de la época. Conmovedora y dura, la película muestra de una manera absolutamente fiel no ya el ambiente de las carreras sino la épica del hipismo que hace que muchos se hayan enamorado de ellas y otros -entre los que me incluyo- hayamos aprendido a respetarlas. Por estos días, las noticias sobre el Hipódromo local y su desmantelamiento ganan centímetros sólo en nuestras páginas. Pero poco se dice en ellas de que no sólo se trata de una enorme fuente de trabajo que desaparece -al menos momentáneamente, eso es lo que se desea fervientemente- o de un sitio histórico para la ciudad que cambiará su fisonomía -aquellas aseveraciones sobre la importancia del patrimonio parecen haberse olvidado aquí definitivamente-, sino que también se trata de la muerte de un lugar en donde laten las pasiones. Y cada vez que un cine, un teatro o un estadio es reemplazado por emprendimientos comerciales, la cultura popular recibe otra estocada al corazón. Una más que se suma a la pérdida de valores morales que padecemos. Más allá de las causas que llevan a la decisión de la venta de una parte invalorable del predio del Jockey Club -que se han analizado seriamente y sin condicionamientos durante algún tiempo en este mismo diario- todos debemos asimilar nuestra parte de culpa. Los dirigentes del club que lo llevaron a este presente de ahogo financiero, los dirigentes -políticos o no- de la ciudad que no terminan de entender lo que lugares como el hipódromo significan para Rafaela, y nosotros que no atinamos a defender con fuerza las cosas que queremos. Mientras se desarma la pista, como en la mítica canción de Joan Manuel Serrat que habla de los fantasmas de actores que se pasean dentro del Shopping construido sobre las ruinas de un cine, dicen que al este de la ciudad se escuchan relinchos agudos, respiraciones contenidas y estruendosas cabalgatas. Y que los amantes del hipismo, mientras enjugan una lágrima, hacen caso omiso a los versos broncos de Miguel de Unamuno -“Sosiega, corazón, la mano un poco…”- y mientras recorren el lugar imploran de otro modo: “¡A galope tendido, corazón!”.

Fuente: diario Castellanos, 21 de noviembre de 2005.

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